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Los Juanes

«Reagan empujó el muro que ya había derribado el Papa Juan Pablo II». No lo digo yo. Lo admitió Gorbachov, el dirigente soviético pragmático que certificó el fracaso del sistema comunista. El Papa de la Familia, así bautizado por el Papa Francisco, ante el Papa Benedicto XVI y el repostero con las facciones de Juan XXIII. Después de Pío XII, tan injustamente denostado, pero altivo y distante, nos llegó el Papa Roncalli, Juan XXIII, tan simpático y querido, añorante de su parroquia de pueblo. «Estoy muy preocupado. Y ayer decidí que tenía que contarle mis preocupaciones al Papa, y me preocupé aún más cuando me apercibí de que el Papa era yo». Se lo recomendó un cardenal, escandalizado por un libro de éxito: «El contenido es de una inmoralidad absoluta. Su Santidad haría bien en pensar en excomulgar a quienes lo compren y lean». Y Juan XXIII, escueto, sonriente, bondadoso: «Empezando por mí, que lo tengo en la mesilla de noche».

Juan Pablo II no vino de Roma, ni de la Curia, ni del sector estatal del Vaticano. Llegó de la Iglesia perseguida, de las catacumbas modernas que obligó el comunismo a construir, de la clandestinidad, el sacrificio y el castigo. Y se convirtió en el Papa más viajero y querido de la Historia, sobreviviente a un atentado de la KGB. Los soviéticos se dieron cuenta del peligro del Papa. Y monseñor Casarolli, el inteligentísimo Secretario de Estado de la Santa Sede, que le advirtió a Don Juan De Borbón, con sutil humor italiano: «Este Papa, Señor, es muy peligroso». Y Don Juan, asombrado: «¿Por qué es muy peligroso?» Casarolli lo aclaró: «Porque en toda su vida, según me confesó, jamás ha albergado ni una duda respecto a la existencia de Dios».

Sólo un detalle negativo, pero fundamental, en el papado de Juan XXIII. Modernizó la Iglesia con su Concilio Vaticano II. Pero quisó modernizarla tanto que se cargó el idioma que unía a todos los católicos del mundo. Al latín, me refiero. La lengua de la oración, la cultura y la unión. Escribió a mano su «Diario del Alma», que es la síntesis de la la fe, la humildad y la generosidad. «Estoy terminando el tercer año de mi nunciatura en Francia. El sentimiento de mi pequeñez no deja de prestarme buena compañía». Siempre al lado de su buena compañía, la pequeñez.

Creo que le hubiera gustado ser el primer Papa viajero, inmediato a las gentes, conocedor de la manera de interpretar a Dios en todos los rincones del mundo. Pero las costumbres vaticanas eran, en sus tiempos, estrictas, y los herederos de la Silla de Pedro, cautivos sagrados hasta el día de su muerte. Lo fue Pío XII, y Juan XXIII, y Pablo VI, y no lo sufrió Juan Pablo I por su brevísimo pasar por la cumbre de la Iglesia. Pero llegó el coraje, la fuerza y la personalidad arrolladora del Papa polaco, tan groseramente humillado y difamado por quienes no le perdonan las piedras derrumbadas del Muro que separaban la cárcel de la libertad. Benedicto XVI, viajó, pero mucho menos. El Papa de la fe y la inteligencia, teólogo y músico, que en un acto de humildad sin límite consideró que su salud, su edad y su cabeza no eran las adecuadas para seguir al mando de la Iglesia. Y Francisco, el argentino Bergoglio, porteño y lunfardo, imprevisible, y en el que tantas esperanzas hay depositadas. Cuatro Papas en un mismo acto, tan diferentes, tan grandes, tan parecidos en la espiritualidad.

En lo que no ha cambiado la Iglesia es en la maestría de la solemnidad, en la puesta en escena del culto y la grandeza. Hasta el máyor enemigo de la Iglesia está obligado a reconocer la belleza, inmensidad estética y armonía de sus celebraciones. Me gusta esa distancia. Otra cosa es la cercanía humana de los Papas. La cercanía no significa quebrar la solemnidad. El domingo, en el reencuentro de los cuatro Papas, la más humilde y tímida de las nubes tuvo que sentirse profundamente contenta.