Los paseos de Peces-Barba

La Razón
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En España la sequía es un fenómeno más que cíclico, habitual. Lejos de la patología del lamento, de la dramatización, de los lenguajes exagerados y de la deformación de la realidad a base de destacar lo anecdótico, se trata de un problema estructural que nunca se ha abordado de manera definitiva.

Más allá del amarillismo oportunista, tan habitual en los episodios de sequía, que no contribuye a buscar las soluciones a los problemas ni a descubrir las raíces del mal sino a la toma de decisiones precipitadas, el dato objetivo es la desertización paulatina de nuestras tierras. Todo lo dicho hasta este momento sirve para referirse al agua, pero también a la calidad de la política en nuestro país.

Pero no siempre fue así. Mañana hará cuatro años que nos abandonó D. Gregorio Peces-Barba, todo un símbolo de una época difícil que se superó de manera brillante. Cuenta una anécdota D. Juan José Laborda, uno de los mejores políticos que haya pisado el Senado, que en 1979 D. Gregorio reunió a varios parlamentarios socialistas para estudiar las enmiendas a los primeros proyectos de Estatutos de Autonomía de Cataluña y Euskadi. Las tensiones con los nacionalismos periféricos eran profundas ya agitaban el debate interno en el Partido Socialista, en esa confrontación permanente entre nacionalismo y socialismo. En aquel caso, también aquellos proyectos estatutarios eran claramente inconstitucionales en algunos aspectos.

En ese momento el PSOE estaba en la oposición, con una UCD seriamente aquejada por la debilidad. Además de una corriente centrífuga en materia territorial producto de una rebeldía frente al nacionalismo centralista, otros tuvieron la tentación de aprovechar esa ventaja frente al Gobierno de D. Adolfo Suárez y liderar la batalla autonómica.

Sin embargo, D. Gregorio Peces-Barba se opuso rotundamente y consiguió que la postura socialista fuera ajustar los proyectos de estatutos a la Constitución y a la legalidad que con tanto esfuerzo se había fraguado. Ese es el patriotismo que nos enseñó D. Gregorio, la lealtad, la generosidad y el anteponer los intereses colectivos a los individuales. El entendimiento es otro de sus legados. Él, más que nadie, sabía lo importante que era el diálogo y el consenso. Profundamente convencido e inamovible en sus ideas no fue obstáculo para profesar una larga amistad y ser respetado por adversarios políticos de la talla de D. Pedro Pérez-Llorca, D. Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón o D. José María Ruiz-Gallardón.

Fue un español más marcado por la ruptura que supuso la guerra civil. Su padre, Gregorio Peces-Barba del Brío, fue condenado a muerte y conmutada su pena por trabajos forzados hasta 1945. Precisamente por esa vivencia, todo el esfuerzo del Peces-Barba político fue lograr la reconciliación y evitar una nueva ruptura entre compatriotas y hermanos.

Que todos tengamos la misma libertad, la libertad del que no tiene dueño, del que no tiene amo, del que no tiene que bajar la mirada ante nadie, del que, sea cual sea su condición, mira a los ojos directamente cuando habla, todo ello en convivencia pacífica, fue su aportación a la democracia.

Aquellos que critican el proceso constituyente, que ungidos de tanta clarividencia ven demasiado imperfecta la Constitución y aspiran a cambiar el orden de las cosas, deberían ser más humildes y empezar por contribuir a la solución de la coyuntura política que vive el país. Realmente, cuando se mira el paisaje se aprecian grietas en la tierra de la tremenda sequía que impide que crezca una sola brizna de hierba. Con la incapacidad y el miedo a desbloquear, a buscar soluciones que se evidencian hoy, hubiese sido imposible el ayer.

También está el D. Gregorio amigo y maestro. Los que tuvimos la fortuna de conocerle, de conversar y aprender de él, le dibujamos en nuestro pensamiento en el paseo marítimo de Ribadesella, por el que él y su eterno amigo D. Luis, el notario, ya no volverán a pasear.

Supo que el poder, la tierra y la vida son siempre un préstamo de las generaciones que vienen. Ojalá los demás también lo sepamos.