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La Razón
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No hace demasiado tiempo Joaquín Almunia abordó unas elecciones aliándose con el Partido Comunista ante la sorpresa de la familia socialista y la visible estupefacción de Francisco Frutos, quien aún no creyendo en el maridaje se plegó a él. El PSOE obtuvo la inevitable sangría electoral, y al menos Almunia tuvo la gentileza de dimitir la misma noche de los comicios. Desde entonces los socialistas parecen en permanente peregrinación en busca de un autor y alejándose de su electorado natural. El mayor dislate de ZP fue conceptual, creyendo que el PSOE era el partido de los «progres», y que el PP y al menos la mitad de los españoles conservadores, de centro derecha, derechistas democráticos o liberales eran no ya el adversario, sino el enemigo a congelar en el pacto del Tinell. Le daba así una vuelta de tuerca a la esencialidad de la socialdemocracia contraria a la dictadura del proletariado y la lucha de clases que sustituye por rasparle el agio al Capitalismo y darle rostro humano. La izquierda y la derecha democráticas siempre han convivido y hasta ido de la mano, y fueron la Democracia Cristiana y la socialdemocracia quienes construyeron la utopía del europeísmo para extraer al Continente de su postración tras la Segunda Guerra Mundial. Si la dirección socialista permite que el populismo se haga con autonomías y ayuntamientos emblemáticos relegando al PP a las tinieblas exteriores, es que ni siquiera entienden quiénes son sus militantes. Aunque fuera comunista viene a cuento lo escrito por Antonio Gramsci en las cárceles de Mussolini: «Crisis es cuando lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer». Es la mala hora en la que está el PSOE. Cuando a Pedro Sánchez le recuerdan las dos grandes y fructíferas coaliciones entre el SPD y la CDU siempre contesta que la cultura política del PSOE no es la de los socialdemócratas alemanes. Es falso. Al menos durante la etapa de Felipe González el PSOE no se inspiró en el socialismo francés, o italiano, o portugués, o en los homólogos escandinavos, o el laborismo británico, sino que se abrazó al SPD desde Willy Brandt, y de ellos recibimos dinero, asesoramiento y hasta sofisticados sistemas para la seguridad de Felipe. La caja fuerte del embajador Guido Bruner era la posta de descanso de los marcos que enviaba Berlín y la jefa de Prensa del PSOE era un cuadro del SPD. Sánchez creerá que, como él, los demás también hemos nacido ayer.