Más que la honrilla

Irrumpe el clásico, anestesiado en las salas de prensa, semioculto en las tribunas, supeditado a las fechas de las selecciones, desvaído por la muerte del admirado Johan Cruyff y embalsamado por los 10 puntos de ventaja del Barça sobre el Madrid, una distancia definitiva a ocho encuentros del final del campeonato. Un muro, como lo es la lengua de Cervantes para Gareth Bale, que va por la tercera temporada de huésped en Concha Espina y no sale de casa sin traductor. Sigue el pobre ejemplo de Beckham, pero con un agravante, David se pagaba el sueldo con lo que reportaban sus derechos de imagen al club.

A Gary Neville, también británico, e incisivo y picajoso comentarista de fútbol que hizo carrera en Sky después de retirarse, ni siquiera le ha dado tiempo a aprender español. No le ha salvado ni ser amigo del dueño ni segundo de Roy Hogdson en la selección de Inglaterra. Le han despedido. Cogió al Valencia octavo y, después de 16 dramáticos partidos de Liga, con 3 victorias, 5 empates y 8 derrotas en el casillero, lo deja decimocuarto. Nuno, el antecesor, otro entrenador atragantado en Mestalla, y él han escuchado el «vete ya»; al amo Lim le pitan los oídos. O Pako Ayestarán endereza el rumbo o el equipo se va a pique atado como un bloque de hormigón a los tobillos de don Peter.

No es la honrilla lo que está en juego a orillas del Turia, es la vida, el purgatorio de los desclasados de Primera o el ruinoso infierno de los condenados a Segunda. Y tampoco es la honrilla lo que el Madrid arriesga en el Camp Nou; es prestigio; es evitar el baldón de la derrota y, en el peor de los casos, el descrédito de una goleada. Un Barça-Madrid, o viceversa, jamás será un partido menor, por mucho que se empeñe la FIFA con sus fechas o la rabiosa actualidad lo disimule. Si el Madrid gana el clásico, salvará el honor, bastante más que la honrilla.