Mayer: la muela del juicio

Entre el ir y venir de esposados a los tribunales, ayer nos llegó la sentencia que sí devorará el común. El juez acredita que, efectivamente, Toño Sanchís sí engañó a Belén Esteban. No siempre lo que se titula a cinco columnas obtiene más eco. Y en las peluquerías, el corte de pelo de Bárcenas no se lleva. Qué decir del de Mayor Oreja, testigo del «no sé, no me consta». O el de Celia Mayer, que como buena feminista dirá que ella no está en el Ayuntamiento de Madrid por su media melena sino para malversar dinero público, como antes hacían los machirulos. La corrupción ya no es cosa de «Huevos de oro» a lo Bigas Luna o de anatomía testicular. Celia Mayer, abanderada de la antipolítica, ha llegado a la cima porque se la ha cargado con 100.000 euros que pagaremos los residentes en Madrid para que la ex concejala de la anticultura investigara al PP con dinero público que, como dijo Carmen Calvo, no es de nadie. Celia, hija, váyase a su casa.

Empezó siendo un jarrón chino de Podemos y ahora es un cepo con muchos dientes. Lo de Belén Esteban no cambia el ritmo de nuestras vidas, pero, a decir verdad, lo otro tampoco. Y lo de la llamada princesa del pueblo es más entretenido. Un culebrón en el que su hombre de confianza resultó un traidor que llega directamente al hígado. La vida sigue abrasándonos mientras políticos de todo pelaje vociferan como si llegara el apocalipsis. Los juzgados son ya un circo en los que hasta los informes periciales resultan amañados: he ahí la bajada de pantalones con el «caso Guateque», nombre registrado por un Alfredo Landa de las Fuerzas del orden, o el de Mercasevilla, mucho puesto de verduras en el que al final les creció la nariz como zanahorias a los que hicieron la instrucción.

Entre sumarios mal escritos y las togas capaces de meter en chirona a quien le apeste ideológicamente, va a resultar que no sólo en la política existen garbanzos negros. Es más, pareciera que ya no se puede hacer un cocido limpio.

Por eso Ciudadanos se tiró por las lentejas, que no hay que ponerlas tanto en remojo, solo que les quedaron duras y difíciles de tragar. Celia Mayer ha debido creerse una conspiradora de «Juego de tronos», solo que llega el verano y no el invierno.

Una inaudita pieza que en cualquier otro lugar estaría en vez de en Cibeles en Sol, pero de paseo viendo escaparates o haciéndose las uñas en un local chino. Me alegro por Belén. Y por Celia también. Que cargue con el estigma de imputada hasta que se la coma su propia jauría o pague con el dolor de la muela del juicio.