Mozart y la serpiente

El Congreso de los Diputados ha aprobado que el Código Civil reconozca que todos los animales son seres vivos con sensibilidad. Intuyo que se refiere a los animales de compañía, que ahora llaman «mascotas». De lo contrario, creo que los diputados se han excedido en sus competencias. Porque un parlamentario español no está capacitado para que sea reconocido como animal sensible el tiburón blanco que se termina de zampar a una foca en el Cabo de Buena Esperanza, y digerida ésta, se dispone a comer la pierna de una bañista descuidada que practica la natación en una playa cercana. Un buitre carece de sensibilidad, y también, con toda probabilidad, las pirañas, igual las negras que las escarlatas, del Orinoco o del Amazonas, del Caroní o del Tapajós, que es río muy pirañero.

El perro sí. El perro siente, ama, sufre, se alegra y se deprime según las circunstancias que lo rodean. Yo tuve un «labrador» de nombre «Sem», que me acompañaba cuando oía música. Y les puedo asegurar y aseguro, que le fascinaba la música romántica, Mozart y Beethoven, la barroca, las zambas y vidalas del norte de Argentina, y algunas tonadas de Jacques Brel. Admitía casi todo, pero ladraba con furia con Camarón de la Isla y el «Aleluya» de Haendel. Y era un perro que amparaba a los niños, y movía el rabo con júbilo cuando el Real Madrid metía un gol al Barcelona. Sensible e inteligente.

No me gustan los gatos. Según los naturalistas, el gato es mucho menos sensible que el perro. Y recelo de los que comparten su vida con lagartos, tortugas, ratitas sedosas y serpientes. Las aves no tienen ánimo, como los peces, y prueba de ello es la fijación permanente de sus miradas. Un pez tiene la misma expresión cuando se come a otro, cuando copula sobre los huevos abandonados por la hembra, cuando es pescado con un anzuelo clavado en su paladar y cuando nada distraído. Lo de Nemo es mentira. Parecida inexpresividad es la de los pájaros, si bien con una diferencia. El canto. Un jilguero canta aterrorizado cuando el sol se pone, y lo hace prodigiosamente bien cuando la noche da paso a la luz de la mañana. Pero un buitre es igual de cabrón de noche que de día, y no hablemos del búho y la lechuza. Ningún atisbo de sensibilidad. Que intenten convencer a una anchoa de que el atún es sensible, a una gacela impala de la bondad del león y a un conejo de la sensibilidad y cortesía de un lince. Y los que guardan serpientes en su casa, procedan a probar su cambio de ánimo con la música. Serán igual de repugnantes, escurridizas e insensibles con una sinfonía de Mozart, con un aria de Verdi o con la versión de «Desde Santurce a Bilbao» de «Los Bocheros». Una serpiente es un asco, como una rata o una babosa. La sensibilidad está en el perro, un bastante menos en el felino, y totalmente ausente en un escarabajo de la patata o un gusano de seda. El caballo conoce y siente. Pero sus sentimientos no son positivos. Siente la imperiosa necesidad de descabalgar al jinete, y no se arrepiente de ello. Jamás he conocido a un caballo arrepentido ante la imagen de su jinete caído sobre un seto de chumberas.

Para mí, con todo respeto, que los diputados tendrían que haber aprobado esa ley especificando que sólo los perros y un poco los gatos tienen sensibilidad e intuición inteligente. También hay que recordar sus defectos. El perro desprecia a sus cachorros, y la madre los olvida cuando éstos culminan su período mamario. No son padres ejemplares. Pero eso sí. Aman a sus dueños, protegen a los niños, intentan morder a los cobradores de facturas, mueven el rabo cuando el Real Madrid gana al Barcelona, cierran los ojos de placer con Mozart o Beethoven, y ladran estremecidos de susto con el flamenco «jondo» y el «Aleluya» espasmódico de Haendel.

Así, al menos, se comportaba mi difunto «Sem».