No es eso, no es eso

Acaba de aparecer la última biografía de Ortega y Gasset, escrita –y muy bien escrita– por Jordi Gracia, al que hay que agradecer que no sólo haya indagado en las profundidades, pantanosas algunas, del pensador español por excelencia en la primera mitad del siglo XX, sino que además lo haya hecho desde la superficie, como quien lanza el anzuelo desde la orilla con los pies en la tierra, de manera que no puedan entenderse algunos capítulos de su vida, de su obra y de sus implicaciones políticas sin, por ejemplo, tener en cuenta su apasionado gusto por las mujeres o la alta consideración que tenía de su inteligencia. Humano, demasiado humano. Ése pudo ser el motivo de sus continuados fracasos y la nula recepción de sus ideas en la sociedad española. Llega la biografía en un momento oportuno, cuando España se ha tendido en el diván y confiesa que ya no quiere al padre, aunque sigue buscando la protección de la madre. A Ortega se le atribuye la función dolorosa de ser el único pensador español que hizo cambiar nuestra historia desde el «Delenda est Monarchia» al «no es eso, no es eso» con el que echó el cierre a la II República, para acabar incluso convirtiendo su propio entierro en la transmutación de las almas del franquismo a la oposición democrática. Mucho trabajo para un solo hombre al que, pese a competir con Heidegger por ser el filósofo de Europa, no se le escuchó en su propio país. Pla, siempre vitriólico y distante, andaba esos días por Madrid y escribió que en Ortega «se ha emulsionado la masa encefálica de la nación». Pues «no es eso, no es eso», las palabras con las que concluyó su discurso «Rectificación de la República» y en el que alertó del carácter sectario y radical del nuevo régimen, sigue sin escucharse. Y en esas estamos, exactamente en el mismo punto: los jabalíes huelen la sangre y los republicanos, como ya dijo el filósofo, creen que ellos son la República. Pero a Ortega nadie le hizo caso.