Non stop fiesta al sur del sur

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Jeroen Dijsselbloem es un estricto bátavo que no comparte la afición a las francachelas de los socios sureños, al menos cuando considera que se sufragan con el peculio de sus conciudadanos. No son muy partidarios estos hijos de la Reforma de la laxa moralidad de quienes permanecimos fieles a Roma. En Holanda, como en otras naciones paganas (de pagar) de la UE, hizo fortuna el acrónimo PIGS, «cerdos» en inglés, para referirse a las cuatro naciones meridionales, por lo que el presidente del Eurogrupo, en el fondo, ha suavizado el tratamiento. Nos ha apeado de la condición porcina para considerarnos humanos, pues aun los borrachuzos y los putañeros lo son, así que es de bien nacidos agradecérselo. Vale que en ciertas regiones, habitadas por mesetarios cejijuntos o por nacionalistas centrífugos encantados de conocerse, se enfaden por la boutade de este neerlandés de apellido irreproducible pero los andaluces deberíamos estar acostumbrados al desprecio de nuestros congéneres. La estupendísima Cristina Cifuentes que se jactó no hace mucho del hambre que sus impuestos nos ahorran o esos catalanes que entonan el «Espanya ens roba» pensando en los territorios menos industrializados del Sur han catado ahora su propio jarabe amargo, despectivo y xenófobo. Igual que a los pegones de la clase les advierte el profesor que ya llegará un niño más grandote, estos matoncillos geográficos acaban de comprobar que siempre existe un «führer» más ario dispuesto a presumir del dinero que afloja su «volk». El clasismo es consustancial al ser humano. ¿Acaso no se enarbolan los habitantes de nuestros barrios obreros cuando se les planta a la vera un bloque de realojo? En Ámsterdam o en Algeciras, nos comportamos como si la pobreza fuese un agente tóxico. Y, a lo peor, lo es.