O Hillary o el caos

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Una tormenta blanca ha sacudido el noroeste de EE UU. El almendro de los vecinos, que espío mientras tecleo, amaneció entre brochazos rosas. Hace un frío espantoso y los gatos del barrio tiemblan bajo los coches, pero la campaña política irradia un calor de supernova a punto de caramelo. Abril será tumultuoso en el bando demócrata. Hablo por teléfono con una compañera, reportera curtida en las primarias desde aquella campaña maldita de Al Gore. «No me creo el argumento de los asesores de Sanders, ya sabes, que si hubiera apretado antes, sobre todo con los discursos y capotazos de Hillary Clinton en favor de Goldman Sachs y Wall Street, iría primero». Eso sí, añade que la situación quizá sería otra, mucho más disputada, si los demócratas neoyorquinos no hubieran cerrado en octubre la posibilidad de inscribirse a los independientes para votar en las primarias. Sucede algo similar en otros muchos estados. El entusiasmo por Sanders amaneció tarde. Para evitar accidentes, los fontaneros del partido habían diseñado una partida limpia, pero en la que el delfín del «establishment» alcanzará los meses decisivos mejor pertrechado.

Los activistas y los amigos de las focas, las lobitas del rollo macrobiótico, los barbudos de Bushwick y Fort Greene, los estudiantes que quieren expulsar a Theodore Roosevelt de Princeton por negrero, indignados cuando alguien abandona la letanía políticamente correcta, los que proclaman su espanto ante el diluvio de millones en la campaña y la supremacía de los «lobbies», y Viggo Mortensen, Neil Young, Kareem Abdul-Jabbar, Naomi Klein, Danny DeVito, Spike Lee, Harry Belafonte, Jeff Tweedy, David Lynch, el sinvergüenza y gorrón de Kim Dotcom y el abuelo cebolleta, o sea, Chomsky, se quedarán con las ganas de ver al gurú de Vermont en la Casa Blanca. Su angélico programa zobra en cuanto pides la cuenta. Sanders necesita ganar en Nueva York, pero esta semana ha concedido una entrevista al «New York Daily News» y acabó en la enfermería. Incapaz de zafarse, parecía que tocaba de oído. Lees la transcripción y lo imaginas en el trance de estirar el cuello, buscando un chupito de oxígeno, cada minuto que pasaba más hundido en el zaguán de los juguetes rotos. En cuanto lo expulsaron del circuito que conoce de memoria, pareció no tener ni idea de lo que hablaba. Para Mark Halperin, periodista, «si Hillary respondiera así en una entrevista, sería crucificada».

A Hillary se le nota el hastío. La carrera no es el paseo que había pronosticado. No hay semana sin correos electrónicos de Libia o recuerdos de las fornicaciones extramatrimoniales del cónyuge. Reaccionó iracunda cuando una activista de Greenpeace le preguntó el otro día por el dinero recibido de las petroleras. «Estoy harta», dijo, y hace bien, pero entre otros marrones todavía no ha respondido a quienes cuestionan ciertas contribuciones de la industria minera canadiense a la fundación caritativa de Bill Clinton. Con todo, frente al jolgorio adolescente del viejo Sanders, erre que erre hasta desintegrarse contra sus propias inconsistencias, y el aquelarre inverosímil de unos republicanos kamikaces, la están dejando sola.