Otra al gallinero

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No me gusta meterme donde no me llaman. Menos aún si no me llaman de un asunto privado. Sucede que no es tan privado como parece, porque lo protagonizan el secretario general de un partido y su portavoz en el Congreso de los Diputados. Me llegan noticias confusas, y ninguna agradable. Nubarrones anímicos. Un golpe de viento inesperado ha desequilibrado a Cupido, y la flecha destinada a renovar un amor se ha clavado en el corazón de otra. «Nos damos un tiempo en nuestra relación sentimental». Prudente oración, que demuestra una larga experiencia en estos menesteres. Don Camilo Cela fue más directo cuando puso sus ojos en la mirada de Marina Castaño. Se plantó ante su primera mujer, Rosario Conde, y soltó el pecado de sopetón. «Lo siento, Charito, pero me he enamorado como un cadete». Lo de «tomarse un tiempo» es prueba inequívoca de falsedad. Todos los que se lo han tomado desde que el mundo es mundo, lo han hecho con vocación indefinida. Los más preocupados son los carpinteros del Congreso, que tendrán que hacer sitio en el gallinero para instalar un nuevo escaño. El machirulo del partido de partidos, cuando se da un tiempo para terminar con una novia, la sitúa en el gallinero del hemiciclo. Esta triste separación, que lamento profundamente, tiene también su lado positivo. Como ni él ni ella son creyentes no se tienen que devolver el rosario de sus madres y quedarse con todo lo demás. Se quedan con todo lo demás y asunto arreglado.

Ser portavoz de un ex novio no es fácil ni agradable. Las mujeres agraviadas son bastante vengativas, y no dejan pasar la ocasión de lanzar un dardo. Lógicamente, cuando el amor cristaliza en odio, las imágenes idílicas se oscurecen y vulgarizan. Esa visión del novio en calzoncillos, o bragas de color, antaño tan celebrada, hogaño puede resultar insufrible. La vida ofrece muchos vuelcos en cuestiones de gustos. A mí me sucedió con un futbolista, el mexicano Hugo Sánchez. Cuando Sánchez jugaba en el Atlético de Madrid y le metía un gol al Real Madrid, aquella voltereta acabriolada que acostumbraba dar me parecía fea e insoportable. Cuando, ya vistiendo la camiseta del Real Madrid le endosaba un gol al Atlético, la voltereta se me antojaba de una belleza, una precisión y una agilidad de imposible parangón. El gusto evoluciona, y Tania Sánchez –que nada tiene que ver con Hugo–, puede confirmarlo. Ahora nos viene lo más interesante. Saber quién será el próximo portavoz del partido de partidos, de la marea de mareas, y de Otegui de los oteguis. Si hombre o mujer; si de cabello lacio o rizado; si con título de bachiller elemental o sin él. No creo que el gran jefe opte por el canario de las rastas, porque puede armar un lío a los diez segundos de estrenar su portavocía. La señora Bescansa y el diputado Errejón no entran en mi quiniela. Podría ser el del piso, pero intuyo que ha protagonizado ya demasiadas melonadas como para confiar en él. En fin, que ha dejado de preocuparme lo de Cataluña, y mi curiosidad se ha centrado exclusivamente en el nombramiento del nuevo portavoz de esa gente tan simpática. Entre los diputados no hay «refugee’s», y por ende hay que renunciar también al refugiado. Mejor y más preparado que el de las rastas, con plena seguridad.

Y todo, por un amor extinguido, por el desvanecimiento de una pasión, por una mujer o un hombre que han interrumpido con su paso inesperado el camino hacia la serena felicidad. Ya están los carpinteros del Congreso estrechando los escaños del gallinero para facilitar que quepa el añadido. Se dicen nombres, pero no es legítimo entrar en supuestos cotillas y rosáceos. ¿Qué importa? Lo que importa es el dolor que ha causado a tantos la noticia del fin del amor en una pareja ejemplar y sonriente. Si necesitan algo de este humilde servidor, no duden en reclamarme. Cualquier ayuda es poca en estos momentos de mudanza. ¡Hale, otra al gallinero!