Pedrolín Lamasón

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Lo de Pedro Sánchez me recuerda a la tragedia encadenada de decepciones de mi compañero de colegio Jacinto Lamasón. Las aspiraciones de Jacinto eran más modestas que las de Pedrolín. Quería ser el capitán del equipo de fútbol de la clase. En el colegio del Pilar, el capitán del equipo tenía que reunir tres requisitos. Jugar bien, ser un buen estudiante y constituir un ejemplo para el resto de los compañeros en comportamiento y religiosidad. Y el capitán era Liborio Porteros Medrano, gran futbolista, estudiante sin altibajos y compañero ejemplar. Jacintito –Titín– Lamasón, no obstante, propuso que los componentes del equipo eligiéramos libremente a nuestro capitán, postulándose a la capitanía. Ahí estaban Pepe Gómez-Acebo, Ramón Bustamante, José María Otamendi, Eduardo Mañueco, Iguartua, Pla, Arango, Garnica y el que firma entre otros. Porteros obtuvo diez votos y Titín Lamasón, el suyo. Se acercaba la fecha de la cuestación del «Domund». Nos repartían unas huchas preciosas. Cabezas de indio sioux con penacho de jefe, de chino con sombrero amarillo, de indio de la India con turbante, y de negro con el pelo rizado o de negro pelado al cero. Y Titín Lamasón se propuso ser el mayor recaudador de la clase. El alumno que reunía más pesetas recibía como premio la hucha. Lógicamente, el que ganaba siempre era Garnica, nieto del Presidente de Banesto e hijo del que sería posteriormente su consejero-delegado. Lamasón jamás consiguió la hucha. Harto de sus fracasos, Titín Lamasón retó a Porteros a recitar en menos tiempo la lista de los Reyes Godos. El reto era comprometido. Si ganaba él, se quedaría con la capitanía del equipo de fútbol. Don Antonio Apaolaza, nuestro profesor, hombre serio, santo y justo, sería el cronometrador. Porteros invirtió 4 minutos en la relación. Y Lamasón, 3 minutos y cuarenta segundos. Pero se le olvidaron Wamba, Leovigildo, Recaredo y Favila, el astur devorado por un oso que aprovechó la distracción del rey durante una romántica contemplación del paisaje en compañía de su ama de llaves, Astrovigilda, que era una mujer de armas tomar. Y Titín Lamasón no sólo perdió, sino que fue suspendido en Historia de España, por burro. No contento con ello, en el mes de mayo, el mes de la Virgen y de las flores, se comprometió a llevar al colegio los jarrones de flores más valiosos. Don Antonio Apaolaza los elogiaba con emoción, cuando apareció Otamendi portando dos grandes jarrones de plata de ley que disminuyeron la importancia de los jarrones de Titín, que eran de alpaca. Descubierta su añagaza, fue castigado a acudir al colegio el domingo por la mañana por intentar dar gato por liebre. Lamasón consiguió ser el jefe del sector más tonto del curso, compuesto por quince alumnos muy aproximados al más alto nivel de la idiotez, y dividió en dos bandos a la clase. Al final, los más listos convencimos a los tontos, y Lamasón se quedó sólo en su guerra particular. «Eres más tontín que Titín» o «eres más tontón que Lamasón» eran pareados que se recitaban en tono medio cada vez que el pobre hombre llegaba a clase. Cambió de colegio y no he sabido nada de él desde aquellas lejanas calendas.

Pero Pedrolín Sánchez me ha recordado a Jacintito Lamasón. Ese empecinamiento, esa pasión por el precipicio, esa perseverancia en la necedad y esa vanidad sin fundamento en sus acciones, garantizan el acierto de mi memoria. José Luis Martín Prieto, el gran MP, en estas páginas de LA RAZÓN nos ha informado que en su etapa de jugador de baloncesto, Pedrolín era carne de banquillo, de gran pundonor en la cancha y nula puntería en sus lanzamientos a la cesta, y que un día antes de ser expulsado del equipo, en un aparte con el entrenador, le dijo a éste: –Creo, entrenador, que haría un buen papel como capitán–.

Bueno, pues eso. Que se presenta a las primarias del PSOE como «pívot» con Margarita Robles de «base». Ay, Pedrolín, Pedrolín...