Penes como quillas

Como soy cuarentona, es posible que lo que voy a escribir sobre sexo les resulte a las nuevas generaciones tan excitante como el perfil genital de la momia de Tutankamón.

Estoy en ese momento en que persigo conversación inteligente, abrazo perfecto, consuelo anímico y hasta compañía en la enfermedad, como una ninfómana.

Pero mi desajuste generacional no es sólo de fondo, sino de forma: ¡tengo la horrible sensación de que vamos para atrás hablando, incluso, de sexo puro y duro! Pensar que la sexualidad es cosa de tetas grandes y penes como quillas es no saber de sexo en absoluto.

La sexualidad se activa en el cerebro y se ejecuta y disfruta con cada centímetro del cuerpo. Al margen de malformaciones, una persona que piense que dos centímetros en cualesquiera de esos perímetros son cruciales en la cama es una señora o señor que debe abandonar la vocación del tálamo. «Qué, querida, ¿has visto qué manubrio?», «Oh sí, Yeison Alberto, pero miraste qué domingas tengo?» Ufff... no funciona exactamente así.

Una se excita con una voz, un movimiento, un abandono, una entrega. Como dice uno de mis amigos mejor casados: «A mí me ponen hasta las carnes caídas de mi señora». Imposible explicarle semejantes sutilezas a quien piensa de veras que no le van a querer si no tiene una 120 de delantera o 25 centímetros en erección.

Lo que les digo, vamos como el cangrejo, y encima adolecemos de soledad.