Política

Políticamente correcto

La Razón
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La abrumadora imposición de lo políticamente correcto proviene de Estados Unidos, de aquella proposición de la paz y las flores, del haz el amor y no la guerra, más californiana que de la costa Este, acabada en el peor cainismo actual desde las ferocidades del siglo XX. La prestigiosa UCLA repartió un folleto entre universitarios varones sobre cómo abordar a una chica. «¿Quieres que te desabroche el primer botón de la blusa?». En caso afirmativo se procedía a inquirir sobre el segundo botón y subsiguientes hasta tener la seguridad de que la muchacha consentía, aunque me temo que para el tercer botón el chico tendría la libido congelada. Lo políticamente correcto causó furor desembarcando imperiosamente en el lenguaje. Para cambiar el mundo hay que comenzar por cambiar las palabras, y desdichadamente donde más ha prendido el palabrerío de aquellos jóvenes gringos ha sido en España, mucho más que en el subcontinente iberoamericano. Este inacabable fervorín electoral obliga a escuchar a los políticos dislates desopilantes. Desde la «paella valenciana» surgió la propuesta de eliminar el machista Congreso de los Diputados dejándolo en Congreso ya que en el frontispicio del palacio no cabe lo de Congreso de los diputados y las diputadas. Jóvenes y jóvenas (Cármen Romero), Miembros y miembras (Bibí Aído). El asesinato del epiceno, norma capital del griego clásico, traspasada al latín y sus romances, parece consumarse. Lección de zoología: «los cocodrilos y las cocodrilas sólo habitan en Africa. Dos subespecies de menor tamaño viven en América; los caimanes y las caimanas en el norte y los yacarés y las yacaresas al sur». Ya se puede escuchar «soldados y soldadas», confundiéndose lo último con la soldada, el salario que se pagaba en sal a la tropa. En el altar analfabeto de lo políticamente correcto se erige un generísmo más sexual que igualitario propio de lectores atragantados con Sigmund Freud o con «La función del orgasmo» de Wilhem Reich. La corrección bárbara, digo, ha penetrado poco en la América hispana que también resiste la inclemente tormenta de anglicismos desatada por las nuevas tecnologías. Desde la selva Lacandona a Tierra de Fuego nunca encontré un stop o un parking (estacionamiento) y antes de acceder a la Panamericana topé con una señal que indicaba «Pare», y me detuve obediente meditando sobre la inmortalidad del alma del cangrejo hasta que el que venía detrás sacó la cabeza por la ventanilla gritándome: «¡Che, gallego de mierda, tirá ya que es un stop!».