Primero, la libertad

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La libertad de expresión no es necesaria sólo para protegerme a mí y a mis ideas de los impulsos censores ajenos, sino también para proteger a los demás de los impulsos censores propios. Los derechos constituyen restricciones universales a la acción: no matar, no robar, no agredir, no esclavizar, no censurar. No son privilegios de los que sólo disfrute yo mismo frente a los demás, sino prerrogativas que yo poseo frente a los demás porque los demás también las poseen frente a mí. De ahí que defender el derecho a la libertad de expresión resulte apremiante cuando se trata de evitar la censura no de ideas con las que coincidimos, sino de ideas sobre las que discrepamos profundamente. Hazte Oír es una organización de la que me distancian muchísimos asuntos: entre ellos, el trato simplista –rayando en lo ofensivo– con el que se ha aproximado a una problemática tan compleja como es la identidad transgénero, especialmente si se manifiesta durante la infancia. Lejos de impulsar un diálogo sereno que favorezca la integración social de las personas, Hazte Oír ha optado, en éste y en otros asuntos, por una batalla de consignas que sólo contribuye a reforzar la incomprensión y la intolerancia hacia quienes no encajan en el reduccionista molde de identidad sexual, de orientación sexual o de familia que esa organización defiende. Normal, pues, que, como liberal, me desagrade: el valor último sobre el que descansa el liberalismo es la tolerancia hacia los proyectos vitales ajenos, por aberrantes o descivilizatorios que puedan parecernos; y Hazte Oír se niega a reconocer el pluralismo y la diversidad de modos de vida alternativos legítimos, funcionales y conducentes a la autorrealización personal. Ahora bien, mientras que me resulta imposible coincidir con el fondo del mensaje de Hazte Oír, me es muy sencillo aceptar sus formas: la organización conservadora se ha limitado a difundir su mensaje con su dinero y sin reprimir las muchas críticas que está recibiendo. Sólo reclama su derecho a expresar y divulgar su peculiar punto de vista, no a coartar los muchos puntos de vista ajenos que, por fortuna, discrepan del suyo. Por eso, por mucho que nos disguste el mensaje que está transmitiendo, deberíamos antes que nada defender su irrenunciable derecho a transmitirlo: sólo garantizada su libertad de expresión, incluso para soltar disparates, será el momento de utilizar esa misma libertad de expresión para decirles que, en efecto, están soltando disparates.