Provocación, la justa

Sólo faltaba. Una cosa es la libertad de opinión y expresión, de manifestación, de concentración y todo lo demás tal y como consagra la Constitución, y otra diferente es la alteración del orden público: la provocación, la algarada y el descrédito a las instituciones más altas del Estado, el vapulear a la Corona para retratar una España en convulsión, desasosegada, inquieta, disconforme. Y esto es, sencillamente, intolerable, inaceptable.

Es una falsedad. Es la inflamación de sentimientos, sensaciones y climas de opinión inexistentes. Las leyes están para dar amparo a la seguridad de los españoles, entre otras cosas. Y, en este caso, el impedimento de llenar con el colorín de la II República las calles de Madrid al paso de la caravana real no puede ser más oportuna.

¡Qué va! ¿Qué tendrá que ver esto con la censura? Más vale prevenir que curar. Y no podemos permanecer ajenos al hecho de que la extrema izquierda está más que crecida tras el desenlace de las elecciones europeas. Sueñan con pegar un puñetazo en la mesa. Están obsesionados con ganar la batalla de la propaganda a nivel internacional. Y hay que frenarlos en seco. Por el bien del interés general. Por la cuenta que le trae a la inmensísima mayoría de compatriotas. Y en ésas estamos.

¡Claro que sí! Nuestra Carta Magna consagra en su artículo 30 que no sólo tenemos el derecho sino el deber de defender a nuestra nación. Es así. No admite vuelta de hoja. Es nuestro marco de convivencia. Lo que nos ha mantenido unidos durante décadas. El arcano de nuestra cohesión. La piedra filosofal que explica que sigamos más o menos compactos, más o menos unidos. Con nuestros defectos y errores y limitaciones y miserias (¡pequeñas o grandes!).

Dejemos a un lado el carnaval y la verbena. Demos la talla. ¡Desterremos la fantochada! Claro que se puede abrir el melón y el debate de la III República. Pero no es el día en el que los del morado se pongan morados. ¿Se entiende?