Que no

La Razón
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Resulta que hay una fórmula matemática que es capaz de calcular cuál es la edad ideal para casarse. Coño, y por qué no habré leído yo esto antes. Que me hubiera ahorrado arrastrarme por el fango y dedicarme a los divorciados, que son esas personas que ya solo necesitan tías a las que les guste el fútbol, hagan la vista gorda, no pongan báscula en el baño y comprendan que el bidé puede ser un excelente revistero. Ah, eso sí, y que nos dejan respirar aliviadas cada quince días porque tenemos un finde libre para hacer planes insustanciales: justo el que el menda se queda con los niños. Han sido unos científicos de una Universidad de Estados Unidos (esas que son capaces de justificar que es bueno el auto sexo oral o que las ballenas pueden perder peso si las raciones van en plato de postre) nos han dicho que la matemática ha descubierto que es mejor casarse entre los veintiocho y los treinta y dos que hacerlo después.

Mi madre (que no me estará leyendo porque no sabe exactamente a qué me dedico, ni qué hago, ni dónde trabajo, ni cómo me gano la vida) siempre pensó que jamás me iba a casar. Y acertó. Acertó en que nunca las ofertas me llegarían a tiempo, ni en su forma ni en su momento. Ojo, que ya les estoy viendo con la ceja levantada: las he tenido y muy buenas, pero no en su calendario perfecto. No cuando la relación era equilibrada, nunca cuando las cosas iban bien. Más bien, era una huida hacia delante. Así que mi madre concluyó que lo mío era la soltería, sobre todo porque le da mucha vergüenza ir de madrina con esos vestidos color lavanda tan sumamente hortera de bolera y porque, para qué vamos a negarlo, a mí un traje de novia me sienta como a un Santo Cristo dos pistolas. Y porque, además, según los científicos, ya no sería feliz. Qué penica. Una mata que no ha echao. Ains.