Qué sabe nadie

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Esto es lo que habría que asumir por muchos, respecto al matrimonio de Isabel Preysler y Miguel Boyer. Cuando se casaron el 2 de enero de 1988, la mayoría del país dio por hecho que el matrimonio duraría menos que Mouriño en el Madrid. La predicción tenía fundamento. Isabel era una bella y una exótica mujer, que se convirtió en personaje de primera fila cuando se casó con Julio Iglesias. Aquella pareja sí que parecía para toda la vida. Pronto descubrió Isabel que, para su marido, el éxito era lo único que realmente le importaba, no disponía de tiempo para más, salvo para ser un «festejante» fogoso de cualquier muchachita en flor que se le acercara y, como se le acercaban muchísimas, la cosa era un no parar entre concierto, viajes o grabaciones. Preysler siguió un tiempo en su papel de sumisa esposa a la espera de la vuelta de su marido, que estaba más tiempo fuera que un marino mercante. Pero todo tiene un límite. Isabel empezó a salir con su amiga, a la vez que vecina Carmen Martínez Bordiu, en aquel tiempo SAR la duquesa de Cádiz. La princesa del Pardo estaba hasta el mismísimo fandango del duque, en este caso no por infidelidad, sino por algo menos soportable: por triste y aburrido. Y es que, verdaderamente, D. Alfonso siempre estaba a punto de Hamlet. La íntima amistad que se fraguó les fue muy útil y ambas se apoyaron para iniciar una nueva vida. Isabel subió un escalón para instalarse definitivamente en la zona VIP de la sociedad con su nueva boda, esta vez con el apuesto y sofisticado marqués de Griñón. La de Cádiz, bajó la escalera completa para convertirse en la otra, la otra que a nada tiene derecho. Lo hizo en París, que es ciudad muy apropiada para estos menesteres. Ya saben, se fue con el anticuario francés, que ya tenía edad como para estar en una vitrina de su prestigioso establecimiento. Volvamos a Isabel. Cuando todo parecía que la nueva pareja estaba instalada en el «Contigo, caviar y diamantes», comienzan los rumores. Algunos quieren ver en los mismos un intento de desprestigiar al PSOE. Y, de pronto, boda y hasta hoy. Eso sí, Boyer comparte la fidelidad de Isabel con Porcelanosa, que es unión más antigua. Lo dicho, qué sabe nadie.