¿Qué Thomas? Bach

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El chiste del indio gorrón es más viejo que la quina. Él se las apañaba para que le invitaran. Entraba en la cantina y preguntaba al del bar: «¿Has visto a Tomas?». «¿Qué Tomas?», inquiría el tabernero, y replicaba: «Un güisqui». Al presidente del Comité Olímpico Internacional le costó hacerse un nombre allende las fronteras alemanas. Fue campeón olímpico de esgrima, con florete, en los Juegos de Montreal (1976). Tenía entonces 23 años; hoy, 62 y rige los destinos del deporte mundial desde el 10 de septiembre de 2013 (Buenos Aires, Argentina), época que trae malos recuerdos al deporte español.

En aquella sesión del COI se cortó tela para alfombrar cien campos de fútbol. Había que elegir al sucesor de Jacques Rogge y la sede de los Juegos de verano de 2020. La decisión fue salomónica: Europa no va a ganar los dos envites, así que alguien tendrá que perder. En los días previos, hubo un reunión del G-20 en Moscú, a la que España estaba invitada. Antes de las votaciones, antes de que Estambul dejara en la cuneta a Madrid, antes de que ganara Tokio «según los intereses previstos», a Rajoy le pusieron sobre aviso: «Madrid no gana». Blanco y en botella. El presidente español llegó a Buenos Aires con cara de póker el día de la elección. No le sorprendió. Palmó Madrid y tres días después sucedió lo que estaba previsto: Thomas Bach, natural de Wurzburgo (Alemania), fue elegido presidente y sucesor de Rogge. Meses después, aún había algunos que preguntaban: «¿Qué Thomas?». «Bach, Thomas Bach». Campeón olímpico, políglota –habla alemán, español, inglés y francés–; es Doctor Honoris Causa por la UCAM y su relación con el COE y su presidente, Alejandro Blanco, es muy estrecha. Samaranch Júnior es su vicepresidente.