Radicales libres

En química, un radical libre es una especie con algún que otro electrón desparejado, desmelenado. Estos radicales se forman porque siempre hay por ahí cierta reacción química que, a nada que hace una pausa, favorece su nacimiento. La principal característica de los radicales libres es que son extremadamente inestables, de gran poder reactivo y de vida media corta pero devastadora. Los radicales libres lo son tanto que les sobra incluso el apelativo de «libres», que ya se considera obsoleto. Con llamarse «radicales» van que chutan: pertenecer al grupo «metilo» o al «alquilo» provoca recelo suficiente en cualquier compuesto orgánico de pro. Los radicales libres poseen una existencia independiente y se pueden sintetizar en un laboratorio con la misma facilidad con que se generan de forma espontánea en los organismos vivos. Atacan a degüello, llegan hasta el material genético si hace falta. Pero incluso dentro del conjunto de los radicales libres –como todo en esta vida–, los hay más centrados, otros más primarios y algunos más estables, igual que existen los positivos y los negativos. Por eso no se les puede achacar a todos el mismo átomo. Intervienen en reacciones de iniciación, de propagación o de terminación, y se crecen y multiplican en situaciones de estrés o de contaminación ambiental. Tras las últimas elecciones, el Parlamento Europeo se ha llenado de «radicales libres», políticos que quizás sean, obviamente, productos reactivos a las implacables políticas activas que estamos sufriendo los europeos por parte de la UE. La misma Europa, cuyos líderes antaño acostumbraban a montar una revolución o una guerra mundial a las primeras de cambio, tiene unos ciudadanos que ahora se defienden como átomos panza arriba en cuanto el organismo público hace una pausa, o sea: convoca elecciones.

Nota: incluso en un cuerpo robusto, los radicales libres pueden provocar daños celulares... ¿irreversibles?