Ángela Vallvey

Reproche

La Razón
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Cuenta la fábula de Samaniego que había una vez dos perros que vivían a cuerpo de rey perruno en casa de su amo. Uno era de natural atrevido, y el otro sabihondo. El más osado, un día se coló en la casa y robó una pierna de carnero que hubiera servido para alimentar a un regimiento todo un invierno durante las Guerras Napoleónicas. Sultán, que así se llamaba el chucho, tenía fama de gran tragador majestuoso, como su propio nombre indica. Se encarnizó en su presa hasta el punto que los colmillos le relucieron acicalados de gusto. Con el ojo a través, vigilaba por si venía alguien a interrumpir su festín. Y cada vez que se acercaba Pinto –su compañero, el perro que se tenía por un pozo de ciencia en vez de por una simple mascota– fruncía las napias y gruñía como si le estuviesen sacando una muela en vez de tragar bocado. Pinto, finalmente, se atrevió a reprocharle a Sultán su mala acción: «¡¿Qué haces, desgraciado?!, perro infiel e ingrato que, con tu mala acción, no pareces perro sino gato...». Sultán enarcó una ceja y aflojó un poquito las fauces. Pero sólo un poquito. «Estás traicionando al amo que nos ha dado casa, que nos rasca el lomo, nos cuida y nos alimenta, aunque no sea con patas como la que te estás zampando. Que, por otro lado, seguro que ni siquiera te sentará bien», continuó Pinto su invectiva, «suelta ya esa pierna, que algo quedará de ella para el amo y su familia. ¡So felón, glotón, cacho perro!»... Sultán hizo lo que le decía Pinto y desencajó su festín de entre los dientes, sólo para ladrarle a su amigo: «Qué bien hablas, Pinto. Tu discurso es impecable, amigo mío. Pero, ¿me puedes resolver una pequeña duda antes de que me apreste a seguir tu consejo...? ¿Te comerás tú esta pitanza si yo la dejo?». La enseñanza de la fábula es sencilla: todos aquellos que hacen reproches deben ser personas irreprochables. ¿Cómo, si no, se va a atrever a amonestar, reconvenir e increpar a los demás aquel que no está libre de los defectos que afea? Lo mismo que un padre no puede prohibir a su hijo que haga lo mismo que es pasión en él, o incluso vicio. ¿Qué autoridad puede arrogarse para tal? El que reprende debe ser intachable. Y, sin embargo, miren vuecencias a los políticos...