Se abatirán los lobos necesarios

La Razón
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Ha dicho, manifestado, anunciado y rubricado el señor Suárez-Quiñones, consejero de Fomento y Medio Ambiente. «Con el único límite de la ley», añade. Sólo faltaba, aunque hable de liquidar lobos al sur del Duero. Algo que la Unión Europea nos ha afeado en varias ocasiones. No contento, como si fuera un gendarme o un forofo, o ambos, Suárez-Quiñones declara solemne que los ganaderos cuentan con el «apoyo incondicional y absoluto» de la consejería. Suárez-Quiñones, en fin, lleva la cuestión ecológica al coto del enfrentamiento, la guerra sin trincheras y el fútbol como evangelio. Un territorio hosco, que sitúa a un lado al pastor y al otro al cánido. Como si todavía viviéramos en el neolítico o siguiera vigente la ley que permitía y hasta premiaba la aniquilación de alimañas. Lobos, linces, gatos monteses, águilas, osos y cuantos bichos pusieran en peligro las políticas agropecuarias de quienes tomaban el monte por su exclusivo latifundio, en lugar de con el patrimonio de todos los españoles. Mal, muy mal, y triste, bastante triste, que a estas alturas de la dialéctica entre el hombre y la tierra nuestros políticos tomen prestadas las ideas y mañas de los países menos civilizados, en lugar de fijar como espejo la de aquellos que caminan en vanguardia, convencidos de que la protección del medio ambiente, más allá de cuestiones de índole moral, nos beneficia incluso de forma crematística. San Francisco de Asís quería congraciarse con el hermano lobo. Félix de la Fuente nos remidió un poco de nuestro folklórico primitivismo. Sir David Attenborough recibió el Príncipe de Asturias tras una vida de pelear porque amemos a nuestros peludos primos. Que además son potencial fuente de turismo adinerado y símbolo de lo salvaje. Poco que hacer. Aquí en España preferimos la cuenta de la vieja y el escopetazo demagógico, la montería y el viejo y terrible desdén con que los lugareños tratan al agente forestal que no comulgue con su aspiración a que los bosques y pastos sean un bonsái de monipodio para uso y disfrute de intereses particulares. No hemos llegado a las impagables cotas rumanas, donde los guardas ataban al oso de una zarpa para que ajustara la puntería el camarada Ceausescu, pero reos de una boina mental todavía creemos que el lobo es un bodrio y el ecologismo vicio de señoritos, juguete antisistema o antojo posmoderno. Lástima.