Sin novedad

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Se habla mucho de «la nueva política». El concepto de «lo nuevo» tiene que ver con «vanguardia» entendida como «novedad» y «modernidad». Los sabios antiguamente decían que no hay nada nuevo bajo el sol, pero los sencillos humanos nos sentimos nuevos sobre la tierra, e ignoramos la sentencia. Necesitamos creer en lo diferente, en los milagros. Las ideas de modernidad, vanguardia, modernización..., siempre han resultado atractivas en Europa. Algunos sociólogos definen la modernización en relación directa con los procesos de secularización, industrialización, urbanización y racionalización. Cuatro elementos imprescindibles para poder hablar de progreso social. En su momento, los principales movimientos fascistas europeos (el fascismo es un fenómeno europeo) fueron tenidos por procesos de modernización. Verbigracia, los programas, las doctrinas y propaganda del fascismo italiano, en su fase inicial, así parecían indicarlo. A ello había que sumar que importantes doctrinarios fascistas provenían del sindicalismo revolucionario, como señala Stanley G. Payne; habían roto con el marxismo y tropezaron con el nacionalismo mientras pugnaban por lograr un aumento de la productividad y una modernización de la economía, además de aspirar a reducir las élites tradicionales, secularizar la sociedad –se mostraban muy severos al respecto–, lograr el derecho al voto de las mujeres y renovar por completo la cultura italiana. El fascismo era anticlerical; el franquismo, que aún se sigue confundiendo con un fascismo, sin embargo, encontró en la religión un aliado, algo que no hubiese hecho nunca un movimiento fascista auténtico. Los fascistas creían que Lenin era un falso revolucionario, un colectivista obsesionado con el proletariado que no tenía en cuenta la necesidad de fomentar la cooperación entre las distintas clases sociales, y que por tanto no lograría nunca organizar un desarrollo moderno de verdad. Hay historiadores convencidos de que el fascismo era «obviamente» antimoderno. Otros, de que adoptó métodos modernos pero tenía objetivos antimodernos. En cualquier caso, los movimientos fascistas lograron fascinar a las clases medias europeas, que los auparon al poder, reconociendo en ellos una novedad, una fuerza opuesta al individualismo y la tradicional sociedad liberal occidental, que había fracasado estrepitosamente, provocando crisis terribles. Los fascismos prometían «un hombre nuevo, una nueva sociedad», y las masas recibieron con entusiasmo la oferta, que condujo al autoritarismo, el totalitarismo y la guerra más espantosa. Después de todo puede que –aunque sigue resultando tan seductora como siempre–, la idea de «lo nuevo» sea tan vieja como el sol.