Sintaxis de agua

Que durante mi niñez tía Pepita me distrajese de jugar con las niñas sirvió para que me interesase enseguida por aquel higiénico mundo de faldas y de gestos, aquel orbe suave y delicado, sin gritos ni aspavientos, en el que no ocurría nada que resultase rudo, escandaloso o abrupto. Las niñas eran dulces y obedientes, no se metían en jaleos, casi nunca tenían sed y apenas hacían de vientre. Sus cuerpos eran como una sintaxis de agua recién lavada. Después maduraban en silencio y podía ver como se desenlazaba en su cuerpo el nudo corredizo de la pubertad, el palpitante ganglio de la feminidad, el linfa misterioso que yo imaginaba goteando a oscuras en la cripta de sus románicos vientres de cera. Nada de aquel mundo me estaba permitido. Era algo que ocurría en riguroso secreto, aromáticas vidas delicadas y distintas que representaban un misterio insondable al que no podría acceder sin que recayese sobre mi conciencia el peso ominoso del pecado. Yo las acechaba fascinado por aquel silencio abacial y por su encanto, atento a que pasasen a mi lado y aspirar con los ojos cerrados el aroma vocalizado de su pelo, el sabor santoral de su aliento, y aquellas voces reflexivas y pausadas, mientras desde el otro lado de la calle llegaba hasta mis oídos la berrea leñosa y plural de las peleas de los chiquillos. Entonces la noche se echaba encima y tía Pepita me reclamaba para la cena. Y yo sorbía la leche ensimismado mientras recordaba la albricia contenida de las niñas de la calle y pensaba que tal vez sólo Santi el relojero estaba al tanto de los complejos mecanismos por los que se regía la actitud de las chiquillas. Después me acostaba y esperaba el sueño mientras le daba vueltas en la cabeza a la idea de que algo tan sacramental como lo que sucedía dentro de aquellas niñas ni siquiera había ocurrido alguna vez en el interior de un fraile.