Sitio y Rey

La Razón
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Cada vez que se le dice el Emérito siente como si le propinaran una colleja. Abdicó de la Corona en el momento que creyó más conveniente y beneficioso para España, y a un cursi descontrolado se le ocurrió lo del Rey Emérito, que manda narices. Con lo sencillo que resulta decir o escribir Rey Juan Carlos o Rey Padre. A la Reina Sofía se le aplica la fórmula de Reina Madre, no de Reina Emérita.

A los pocos días de la abdicación, se comentaba que Don Juan Carlos había perdido el sitio. Que se movía despistado y se desaprovechaba su experiencia, sus conocimientos y su popularidad. Él siempre, desde el principio, se puso a las órdenes del Rey. Pero Don Juan Carlos es un maestro en encontrar sus sitios. Un ser humano sin sitio es una desdicha. El sitio del Rey Padre se lo indica de cuando en cuando su hijo, Felipe VI. Y cuando no se lo indica, lo busca él y lo encuentra. El Rey Juan Carlos I ha encontrado su sitio en siete u ocho festejos taurinos de la Feria de San Isidro. Su sitio está en la afición y la defensa de los toros. Su sitio está en las celebraciones de los tres Ejércitos, rodeado de los suyos, los militares. Todavía se le escapan frases, giros y sentencias de alférez o guardiamarina. El Rey Juan Carlos ha sido y es, el gran promotor del deporte en España. Estuvo en Cardiff, en la final de la Liga de Campeones disputada por el Real Madrid –triunfador–, y la Juventus de Turín. «El Rey me ha ordenado que venga», dijo en los momentos previos a que sonara el pito del árbitro, o el silbato, que da lugar a menos interpretaciones malintencionadas. El Rey se lo ordenó, pero de no haber recibido esa orden, Don Juan Carlos se hubiera presentado igualmente en Cardiff, porque sabía que ése era el sitio que tenía que ocupar en aquel momento. Y el Rey volvió a encontrar su sitio en un discreto lugar del palco de autoridades de Roland Garros para animar con su presencia a su amigo Rafael Nadal, el más grande deportista español de todos los tiempos. Culminada la hazaña de Nadal, cenó con el campeón y su familia en el Intercontinental de París. No le sirvió el sombrero de camuflaje, y fue repetidamente enfocado por las cámaras. Eso, las características físicas. Bajo el sombrero, la nariz de Don Juan Carlos, inconfundible. Le dijeron a Curro Romero, para aliviarse del afecto callejero de los sevillanos, que se camuflara con barbas o bigotes postizos con el fin de pasar desapercibido. Y el genial don Curro comentó: -¿Y como camuflo estos andares míos?-.

El sitio de Don Juan Carlos está también en hacer más agradable el sitio de los demás. Hay personajes muy importantes que inmediatamente después de saludarte, ya te están despidiendo. Don Juan Carlos, cuando recibe a quien se lo pide, le dedica la cortesía de la falta de prisa. No ahora, también cuando era el Rey. Y ha heredado de su padre, el inolvidado Don Juan, su sitio en el mus, que es el juego de cartas español por definición. Pierde mejor que Don Juan, al que en cierta ocasión gané en un encontronazo con los pares, navegando a treinta millas de Vigo, y al comparar mis cartas –ganadoras– con las suyas –perdedoras–, me ordenó: -Desembarca inmediatamente-. Con Don Juan Carlos he jugado al mus de compañero y todo resultó divinamente porque ganamos a una pareja de chorlitos.

El Rey Juan Carlos está pendiente de las órdenes de la nueva generación. Y las cumple a rajatabla. Y cuando no hay órdenes, el sitio se lo busca él y siempre acierta. Sus detractores están más callados por la recuperación de su presencia en los sitios oportunos. Para mí, y no es provocación y menos aún aliento, que tendría que cazar otro elefante. A los detractores hay que mantenerlos felices y furiosos.