Sólo gases

A estas alturas de mi carrera me he dado cuenta de que tengo claras unas cuantas ideas y sé que aquellas cosas tan emocionantes que me ocurrieron cuando era joven y empezaba en esto, ahora no serían placer, como lo fueron entonces, sino cáncer de piel. En realidad siempre supe que mi destino en la vida no sería llegar a los sitios haciéndome notar por el anuncio de mi fama, ni por mi prestigio, sino precedido por mi manera de toser. Hasta es probable que no haya en mi personalidad otro rasgo más notable que el que se derive de los efectos del tabaco, y que así como otros columnitas aprovecharon el tiempo para hacer caja y acumular premios, yo me he limitado a amontonar indiferencia, reproches y patologías. Me reencontré con una vieja amiga que siempre me preguntaba si tenía planes y en vez de interesarse por mis proyectos, esta vez me preguntó si me encontraba bien. «Deberías hacerte un chequeo», sugirió. «Te cuidas poco», apuntilló, con sincero pesar, como si acabase de intuir que mi final estaba cerca. Reaccioné como pude: «Estoy razonablemente bien, gracias. Todavía me ato los zapatos sin ayuda y sé volver a casa sin necesidad de preguntarle mi dirección a un guardia. No te preocupes por mí, nena. Aún me quedan unos cuantos excesos que cometer. La muerte puede esperar, entre otras razones, porque nunca me gustaron las mujeres tan mayores». Después ella se largó y yo quedé un rato pensativo mientras repasaba mi vida. La verdad es que ya no soy el que era. Lo sé porque cada vez que me siento en el retrete, ya no pienso frases, como antes, sino que me intriga la posibilidad de que al levantarme haya sangre entre mis heces, así que no tardaré en tomar la sabia de decisión literaria de defecar a oscuras. No importa. En el fondo siempre supe que el esfuerzo que a otros les ocasionaría gloria, a mí sólo podría producirme gases.