Togas y barro

Es un error, un insulto y una vergüenza. En definitiva, la versión actualizada y matizada grotescamente de la apelación que hizo en su día Conde Pumpido para que las togas se arrastrasen por el polvo del camino. Aquello era la indecencia de animar a todo magistrado dispuesto a colaborar políticamente en un proceso de negociación con terroristas. Esto no es mucho mejor.

El manifiesto de estas puñetas separatistas significa la ruptura de la división de poderes y, por consiguiente, la liquidación de un plumazo de uno de los principios vertebrales del Estado de derecho. Pero da igual. Porque en la nave de los mal llamados soberanistas todo vale, todos caben, y a los apoyos –por disparatados o antidemocráticos o ilegales o aberrantes que sean– se les da la efusiva bienvenida.

Es lo que nos faltaba. Que aquellos a los que la Constitución encarga nada más pero nada menos que la misión de aplicar las leyes ahora se dediquen a promover el desarme de la Carta Magna y a vulnerar las propias disposiciones que emanan de la misma. Es el mundo al revés. Los garantes del orden excitando la anarquía. Los vigilantes de las normas y la convivencia entregados a su destrucción. ¡Y sin que se les mueva un músculo! Al contrario, ¡a mucha honra! Pero no pensemos que estamos ante lo sorprendente porque, por estrafalaria y carnavalesca que pueda parecer la situación, se veía venir. Cuando la presión nacionalista se hace pronunciada casi hasta la asfixia es muy difícil no mover ficha. Y estos pobres profesionales de la justicia, prevaricando con su pronunciamiento o no, son simples víctimas. Peleles echados a los leones por un Artur Más convencido de que para hacer un gran trabajo sucio son necesarios grandes mamporreros. Ahí estamos.