Tres formas de matar

Los tres cambiaron la Historia compendiando el nacional-socialismo en sus respectivas carreras. Si Hitler fue el semi-fundador, Goebbels resultó la encarnación de su genio manipulador y propagandístico y Himmler, el demonio del asesinato industrializado. Sin embargo, las diferencias no resultaron escasas. Tanto Goebbels como Himmler fueron adúlteros padres de familia convencidos, mientras que Hitler tuvo siempre una sexualidad peculiar que llevó al suicidio a algunas de las mujeres que mantuvieron relaciones íntimas con él. Aunque los tres aprovecharon el resentimiento germánico por la derrota en la I Guerra Mundial, sólo Hitler participó en ella. Su orientación espiritual también fue muy diferente. Hitler y Himmler venían de familias católicas, pero ambos acabaron abrazando una visión ocultista derivada de la ariosofía de entreguerras. Goebbels fue un escéptico posiblemente desde la adolescencia y, seguramente, no se le habría ocurrido pensar que iría a descansar al Walhalla. Ideológicamente, Goebbels fue, inicialmente, más socialista que nacionalista, lo que explica que Hitler lo enviara a Berlín a ganar la capital para el partido. Himmler y Hitler, sin embargo, creían más en el elemento nacionalista que en el socialista, siendo este último incluso una derivación del primero. Siendo maestros de la palabra Hitler y Goebbels, tenía Himmler serias dificultades incluso para expresarse. Su antisemitismo fue incluso distinto. Si Himmler se enredaba con la pseudociencia que hablaba de razas superiores, Hitler saldaba viejos resentimientos e incluso traumas inconscientes –su madre fue tratada por un médico judío que le administraba gas con fines terapéuticos– y Goebbels seguía las líneas del antisemitismo clásico ayudado por las capacidades industriales de destrucción del estado moderno. ¿En qué coincidían, pues, los tres? Los puntos de contacto fueron dos: en los tres personajes, la mediocridad se vio elevada hasta la cima del poder gracias al fanatismo ideológico y en ninguno de los tres entró nunca la menor duda no sólo de la legitimidad de su empresa, sino de que el triunfo debía buscarse a cualquier precio. Quizá no debería sorprendernos que su final fuera el mismo: el suicidio.