Triste y real

Desde que tenemos uso de razón, nos dicen que la Ley está para cumplirla. Eso estaría bien si la ley fuera igual para todos, incluido para los que deben impartirla. Pero desde el momento que todo depende de la interpretación que haga el juez de turno, vamos mal. No se entiende que una persona pueda ser culpable o inocente, cobrar una pensión de viudedad o no cobrarla, tener la custodia de su hijo o no tenerla o considerarse insultada al ser llamada zorra o simplemente haber sido objeto del derecho a la libertad de expresión de otro, dependiendo de lo que entienda un juez en vez de la estricta aplicación de la ley. Mientras que la justicia dependa de la interpretación –a veces absurda, casi siempre injusta– de un juez, vamos mal. Partiendo del hecho de que los jueces son humanos –aunque algunos se resistan a admitirlo– y, por tanto, propensos a equivocarse, las leyes deberían ser lo suficientemente claras, sin sombras ni vacíos, para evitar discriminaciones entre los ciudadanos. El caso de la pensión de viudedad que quiere cobrar un homosexual parece claro. La ley que lo permite fue aprobada con posterioridad a su matrimonio. Lo malo es que estamos demasiado acostumbrados a ver cómo, por ejemplo, los políticos que tienen un problema lo resuelven aprobando in extremis alguna ley: acuérdense del escrache o de los insultos en Twitter, por nombrar sólo dos casos. Así que si algún día tenemos problemas con la Ley, recemos para que también le afecte al político de turno. Sólo de este modo puede que la Justicia nos sonría. Tan triste como real.