Un asesino y una víctima

Lo primero que hay que repetir, una vez y otra, en medio de la decepción que estamos padeciendo, para no perder la cabeza, es que la banda terrorista está acabada. Esa es la gran noticia. Y, lo segundo, que en esta historia tejida de amargura, hay un asesino y una víctima. Víctimas y verdugos. Y la inmensa mayoría, estamos con ellas y lo estaremos siempre. No entendemos todo esto que está pasando, por obra y gracia de esos señores vestidos de negro de Estrasburgo y su particular manera de entender los derechos humanos. Nosotros, ¡siempre con las víctimas! Pero sin demagogias, sin medias verdades; sin repugnantes tejemanejes. Sin que la sangre derramada sea utilizada por nadie. Los que conocen y tratan a los terroristas sostienen que quienes hicieron del crimen una forma de vida, estarían dispuestos a entregar armas y arsenales, llegado el caso. Pero arrepentirse les supone un mundo. En realidad, ni se lo plantean. Perdonar es lo que más cuesta. Tal vez porque el perdón es mucho más que un sentimiento. Es una decisión que lo cambia todo. Pues a mí, sea o no políticamente correcto el decirlo, me gustaría escuchar un poco más la palabra perdón, al hablar de la derrota de ETA. ¡Que el árbol no nos impida ver el bosque! Aquí hay un vencedor, que somos nosotros, porque somos más y somos mejores y, un vencido: el terrorismo y toda esa canallada que lo ha apoyado. Pero, en la vida, sin indulgencia, no hay nada. Porque el perdón «es dos veces bendito; bendice al que lo da y al que lo recibe». Y yo quería dedicar esta gacetilla mía de hoy a recordar eso: la necesidad de perdonar para levantar la vida, por más que haya un asesino y una víctima.