Política

Un combate desigual

El flamante secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, no lo tenía ayer nada fácil. Acosado por la historia de su propio partido, por las convulsiones internas y por los negros nubarrones de las encuestas, bastante tenía con intentar salvar la cara. El problema es que su oponente, el presidente del Gobierno, se la cruzó hasta partírsela sin misericordia.

Paso por alto la primera exposición Rajoy, en la cual, como mandan los cánones, trazó con seriedad los pasos seguidos por su Gobierno y subrayó que, gracias a ello, emerge un horizonte bastante más esperanzador que el de 2011 y que ha posibilitado superar la caótica situación heredada de Rodríguez Zapatero. Ahí es donde Rajoy se vino arriba y la emprendió casi con saña contra su oponente socialista en los dos grandes ejes que hoy preocupan a los españoles y que Sánchez había resaltado, en mi opinión, de forma algo ingenua: la corrupción y la economía.

Más le hubiera valido no haberle dado la oportunidad de imputarle el mayor caso de corrupción de la democracia (los ERE), protagonizado por los Gobiernos socialistas de Andalucía, de mantener en los escaños del Congreso y el Senado a los ex presidentes Chaves y Griñán, de incluir en la Diputación Permanente del Parlamento a imputados para mantener su aforamiento y demás asuntos judiciales que emborronan hasta ocultar aquello de «PSOE, cien años de honradez».

¡Qué decir de la economía! Sánchez, como movido por la bondad evangélica, ofreció la otra mejilla y tuvo que oír la diferencia abismal del estado actual con el que engendró la hégira zapateril con la prima de riesgo muy en los 200 puntos básicos, la inminencia del rescate por parte de la UE, la ausencia total de crédito para empresas y familias... Un escenario a años luz del actual, en el que la economía, las exportaciones y el empleo crecen y con unas expectativas con más luces que sombras, a no ser que los votantes decidamos suicidarnos. Así es la vida.