Un culebrón venezolano

Venezuela supera a Brasil en producción de culebrones televisivos, aunque estos son de mayor calidad y enjundia. A lo largo de miles de capítulos que paralizan al país, el argumento siempre es el mismo: la llorera de una fámula, hasta que el villano del niño rico se redime y la asciende de categoría social. Lo único inteligente que se le ha escuchado al presidente Maduro es su abominación de los culebrones como factor de retraso revolucionario. Entre nosotros es intelectualmente letal la tentación de extrapolar las europeas con las generales, y no recordamos que hace años José María Ruiz Mateos obtuvo dos escaños, uno para él y el otro para un yerno. En unas generales «Podemos» obtendría el escaño de Iglesias, y, raspado. «Podemos» es comunista sin los dengues de Cayo Lara o Llamazares. Como llorera de culebrón su oferta es irrechazable: como adanistas parten de cero e Iglesias aspira a presidir la Unión de Repúblicas Socialistas Españolas. Sus votantes estarán agobiados y cabreados, pero no han leído su programa de asamblea de primero de Facultad. El socialismo del siglo XXI, egresado de la mente bienintencionada del paracaidista Hugo Chávez, es comunismo más convocatorias electorales presionadas por pistoleros y pucherazo institucional. «Podemos» (nombre de uno de los partidos chavistas) utiliza las urnas como escabel, pero desprecia la democracia «burguesa» y aspira al partido único. Iglesias no ha hecho otra cosa que multiplicarse remuneradamente por las televisoras, con un estilismo muy cuidado, potenciar el uso de las redes sociales, el voluntariado y las microdonaciones. Lo mismo que llevó a la Casa Blanca a Obama en su primera elección. Su argumentario es imbatible: la imagen de una madre con cinco hijos, abandonada por el marido, sin techo y con un salario social. La llorera del culebrón. Sospecha Rosa Díez que lo de Iglesias tiene algo que ver con lo de Marie Le Pen. Entre la ultraderecha y la ultraizquierda siempre salta un arco voltaico.