Un libro grande

La Razón
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Se presentó ayer en Madrid un libro grande. Grande por su talento reunido y su maestría. «Barca, ilustraciones y caricaturas», editado prodigiosamente por El Viso de Santiago y Gonzalo Saavedra. Ilustraciones de Barca publicadas en Sábado Gráfico, ABC, Época, Trofeo, Blanco y Negro y LA RAZÓN. Nadie en la España de hoy es capaz de aunar el buen gusto, la clase, el alarde artístico, la oportunidad y el humor como el donostiarra Barca, de quien el insuperable Antonio Mingote decía que «no parecía un dibujante español de estos tiempos por su elegancia». En Barca conviven Penagos, Mingote, Poortvliet, Sempé y él mismo, lo que creo suficiente y sobrado. «No entiendo que Barca no haya ganado mi premio», me dijo Mingote meses antes de marcharse de «este mundo conflictivo», que así lo definía. Lo ganó con Antonio descansado, cuatro años más tarde.

A Barca lo que más le molesta es que hablen de él. Como somos amigos desde los 13 años, compañeros de colegio, clase y pupitre, consciente de la molestia y desazón que le produce, escribo de su talento para aumentar su fastidio. Mientras Santiago Amón nos iluminaba con su sabiduría, Latín, Griego, Literatura, Poesía, Toros, Teatro y Cine, Barca, que responde a la identidad de Javier Barcáiztegui Rezola, me dibujaba de perfil acentuando con alevosía mis rasgos ovejunos. Aún me tortura el complejo de oveja que él me administró con perversidad de niño. Eso sí, era torpe en los deportes, corría mal y ante mi maestría en el fútbol, su vanidad se desmoronaba.

Barca ha dibujado como nadie el campo, la caza, las costumbres y las mujeres guapas. Del mismo modo que a Mingote las mujeres le gustaban rollizas, a Barca le salen estilizadas. Barca dibuja a Anna Gabriel y queda en el papel una belleza femenina, de ahí que lo tenga terminantemente prohibido. Cuando se me ocurrió escribir la primera novela del marqués de Sotoancho, Barca dotó a mis personajes con su estética. Y me ha ilustrado más de veinte libros, desde el primero al último, que aparecerá en breve.

Es, además de un maestro del dibujo, sagaz, irónico y elegante hasta el límite de la exageración. Todas sus caricaturas satíricas rebosan de buen gusto y misericordia. Y sus acuarelas del campo, la caza y las costumbres –también domina el lápiz y la plumilla–, son cimeras obras de arte. Su primer libro «Campo y Caza» se agotó en diez días. Barca firmaba al principio como JB, iniciales de su nombre y primer apellido. Me gustaba aquella firma que me recuerda a mi whisky favorito. Cuando alcanzó la nube de la fama, redujo su largo apellido guipuzcoano hasta dejarlo en Barca, y así permanece. Ha creado cartas de grandes restaurantes –El Bodegón, Zalacaín, Príncipe de Viana, Chomin...–, logos, planos y hasta etiquetas de vinos. Ha ilustrado los libros de caza del marqués de Laserna, Mariano Aguayo y Jacobo Hornedo. Ha mejorado sin límites mis textos, los últimos publicados en LA RAZÓN todos los días del mes de agosto sobre vicios playeros y tonterías del verano, como el senderismo, las excursiones en bicicletas de montaña y las paellas y barbacoas de los ecologistas en el campo, muy proclives a los incendios.

No es un libro de humor. El humor le sale, pero lo que guarda esta antología de sus dibujos es el tesoro del arte del buen gusto. Barca está muy bien rodeado de amigos, y en la presentación de ayer se vendió más de la mitad de la edición, que ha sido larga y cara. Como me torturó con mi perfil de oveja, le recuerdo en el prólogo que llegó a Madrid con aspecto de lechuguino de Ondarreta. Una pequeña venganza. Su asesor Juan Carlos Sánchez Samper –que también lo es mío–, está completamente de acuerdo con mi apreciación. Aquel lechuguino se convirtió en un genio. Y es lo que importa.