Historia

Un voto más

La Razón
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En 1996 el PP logró una victoria por la mínima, realmente peor que la esperada. El 38,60% de los votos frente al 37,45% que obtuvo el PSOE. Desde algunos sectores se alimentó la posibilidad de explorar el entendimiento con IU, que alcanzó más del 10% de los votos, e incluso con los nacionalistas, que habían sido el eje de la política de acuerdos en la legislatura que expiraba.

Los socialistas entendimos claramente que debíamos renunciar a cualquier fórmula de pacto que no tuviera el aval de la mayoría social, que en ese momento lo tenía el Partido Popular con más votos y más escaños.

Ocho años después, en el año 2004, José Luis Rodríguez Zapatero encaraba los dos últimos meses de campaña electoral, con este compromiso, «Sólo gobernaré si el PSOE es el partido más votado de España». En marzo de ese mismo año obtuvo su primera victoria.

A nadie le sorprendió el anuncio del presidente Zapatero porque formaba parte de la cultura política de nuestro país, del PSOE y de la tradición de nuestra joven democracia. El líder socialista demostraba haber entendido perfectamente que para gobernar España hay que contar con la legitimidad que solamente se obtiene alcanzando el respaldo mayoritario en las urnas.

Vivimos tiempos de dificultades y de inestabilidad en todos los aspectos de la vida política. Como consecuencia de ello, se ha instalado una tendencia a romper con todo lo que ha funcionado bien en el pasado por el mero hecho de formar parte del pasado.

Esa tendencia suicida a poner a precio de saldo la historia es, sencillamente, apostar por más inestabilidad y afrontar problemas de legitimación.

Los socialistas no hemos aspirado nunca a ostentar el poder a cualquier precio, aspiramos a gobernar con el mandato de la mayoría de españoles, a cambiar la realidad que nos parece injusta para millones de personas y para eso es necesario convencer al mayor número posible de votantes.

En ocasiones, la aritmética no sirve en política y, ésta es una de ellas. En un escenario postelectoral complejo, en el que se prevé una gran fragmentación del voto y un Parlamento realmente complejo, la estabilidad y la legitimidad la tendrá la primera fuerza en las urnas. Sería difícil de entender que, con poco más el 20% de los votos y, sin ser la primera fuerza en las urnas, se intente formar gobierno.

Los socialistas vamos a ganar las elecciones, ésa es la aspiración y el convencimiento que debemos tener. Todos los cálculos y elucubraciones en otro sentido sólo tienen efectos negativos. En primer lugar, porque cuando es posible la victoria electoral, representa una señal de debilidad y de falta de convencimiento en nuestras posibilidades. Además, un buen número de votantes pueden relajar su compromiso con el PSOE si entienden que no es decisivo ganar en las urnas para que se produzca cambio de gobierno.

En segundo lugar, porque no hay atajos en la carrera hacia La Moncloa, cualquier camino más corto lleva al mismo rincón de inestabilidad gubernamental y falta de legitimidad democrática.

En tercer, y último lugar, gobernar no es sinónimo de ocupar los escaños azules, las posibles alianzas con los nuevos partidos que pueden tener representación parlamentaria son inciertas y aportarían una dosis de debilidad inaceptable para aquél que no haya obtenido un voto más que los demás en las urnas.

Los socialistas tenemos como principal adversario al Partido Popular, ideológicamente se encuentra en nuestras antípodas, pero no somos un partido que alimente los frentes comunes contra nadie. Nuestro objetivo es formar gobierno y para eso es necesario desalojar al inquilino actual. Pero nadie debe confundirse y pensar que nuestro objetivo es, en sí mismo, desalojar al Partido Popular y que para ello cualquier coalición es buena. El cordón sanitario no es la mejor manera de hacer política.

Por todo esto, los socialistas haríamos bien en despejar las dudas que tienen muchos electores sobre una composición incierta del Congreso de los Diputados y anunciar que sólo gobernaremos España si los españoles nos dan un voto más que a los demás.

No sólo mostraría un partido convencido de su propia victoria, sino además un partido respetuoso con la norma democrática no escrita que ha funcionado bien y ha aportado en otros momentos la estabilidad política necesaria.

Debe quedar claro que nuestra ambición es gobernar, no el poder en sí mismo y de cualquier manera. Los presidentes González y Zapatero lo vieron claro, los españoles deben saber que lo seguimos viendo con la misma nitidez.