Una segunda oportunidad

Muchos se llevan a la tumba no sólo sus recuerdos sino también su cuerpo. El donar partes de ese cuerpo físico que usamos en vida y no sirve en el «cielo» –allí nos bastan unas «alas de luz» para vestirnos– es algo todavía poco habitual, aunque cada vez más necesario. Últimamente se han publicado libros y testimonios de gente que cuenta haber recibido no sólo un órgano sino los «sentimientos y las emociones» en éste archivadas. Puede parecer ciencia ficción, pero sabemos poco de la memoria somática del cuerpo humano. Si bien, cuando el cuerpo está vivo, éste expresa aquello que la persona calla. Consecuentemente, deberíamos vivir e irnos de este mundo con buena actitud dejando una «esencia» positiva para el potencial receptor y para el beneficio de nuestro propio recuerdo. Donar es dar incondicionalmente esperando causar un bien salvando la vida de otro ser humano para que ésta se prolongue y quien lo reciba tenga una segunda oportunidad para poner orden en su vida y aprender a ser feliz.

Para dar tiene que haber otro dispuesto a recibir, y viceversa. Imagino que hay unos hilos invisibles que nos conectan, por lo que no debe de ser casualidad que dos personas se encuentren en el «limbo de las donaciones». La generosidad y la tacañería nos retratan incluso cuando nadie parece estar mirando, o sea, cuando nos largamos de este mundo. Para generosos, esos que dan órganos en vida, por ejemplo un riñón o médula. El apego que cada uno de nosotros tiene a su cuerpo, y la relación que con el mismo se establece, hunde sus raíces en los niveles profundos de la psique, y se nutre de valores y creencias personales sobre la vida, la muerte, el alma y uno mismo. Hazte donante de esperanza. Yo, por si acaso algún día soy donante, veo cada día «la vida en Rosetta».