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Victorianos y ofendidos

La Razón
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Bradley Campbell y Jason Manning, profesores de sociología en las universidades de California y West Virginia, publican en febrero un libro necesario, The Rise of Victimhood Culture. Dedicado a la cultura del victimismo, las microagresiones y los espacios seguros en los campus. Consideran que igual que en el XIX sustituimos la cultura del honor, esa partera de duelos, violencia y muerte, por otra que aconsejaba ignorar necedades («Las piedras y los palos pueden romperme los huesos, las palabras no»), hoy vivimos la era del repelús. Triunfa la idea de que ciertos discursos no solo pueden generar opresión y violencia sino que son, en sí mismos, opresores y violentos. En consecuencia, deben restringirse. Incluso prohibirse, y censurar a quien sostenga ideas contrarias a las homologadas, y amordazar al que piense distinto, y boicotear sus intervenciones. Se trata, en corto, de fomentar una «extrema sensibilidad moral». Una actitud victoriana. Un talante piadoso que, partiendo de la obviedad de que el racismo y el sexismo existen, y son repugnantes, discutiremos la posibilidad de confrontarlos y, todavía peor, acusaremos a quien piensa distinto de caer en la jurisdicción del odio. Por la vía de esa jarana perpetua se llega al disparate de cancelar conferencias de Richard Dawkins y Ayaan Hirsi Ali. La Universidad de California incluso publicó una guía para detectar las micragresiones. «Si alguien opina que la persona más calificada debe obtener el trabajo», dice el manual, fomenta «el mito de que la raza y el género no tienen que ver con el éxito en la vida». Siniestras pamplinas, sí, pero también veneno en un espacio teóricamente nacido para la investigación, y ahora transformado en paraíso de quienes lloriquean si alguien les contradice. Esos que, lejos de de saludar la llegada de un conferenciante cuyas ideas detestan a fin de discutir sus puntos de vista, eligen silenciarlo. Criados en el tibio puchero de la gratificación instantánea y/o protegidos por los enemigos de la conciencia crítica. Aferrados a una visión maniquea del mundo, conmigo o en mi contra, y en nombre de algunas de las causas más nobles, trabajan contra el progreso. Quienes crecimos convencidos de las virtudes de la confrontación intelectual encajamos mal en este ecosistema afásico, donde Lou Reed ofende, y Norman Mailer, y Groucho Marx, y hasta los pánfilos de Friends. Estafados por quienes les convencieron de que sus opiniones son el equivalente a un Santo Grial destinado a exhibirse en el área climatizada del museo, especializados en inventariar insultos imaginarios, los estudiantes que hoy gritan en muchos de los campus estadounidenses son la antítesis de aquellos que en los sesenta pelearon contra la opresión racial, hicieron bandera de la libertad y marcharon contra la guerra en Vietnam. Encima se creen adalides de los oprimidos. Quizá porque alimentan un ego de triste porcelana. No exagero si escribo que aspiran a desarmar prestigios y acojonar al gentío. O que viven perennemente escandalizados. Todo el día agitando las sales. Encantados de discutir la heterodoxia y castigar herejes. Convencidos de que pasean por el lado de la luz y decididos a prohibir el viento, no vaya a despeinarles.