Vida en estado líquido

Que llueva, que llueva, la virgen de la Cueva...», dice la canción popular. Sin agua la tierra se seca, y no hay cosechas. Donde no brota el agua, se ausenta la vida. A veces, el ser humano se empeña en vivir en lugares donde, además de cantarle a las nubes del cielo para que abran sus compuertas, han de ingeniárselas para intuir por donde circula el precioso líquido que da vida a la tierra. Mientras para los urbanitas –esos humanos que habitan en ciudades y que hubieran olvidado que existe el campo si no fuera por los hoteles rurales o las postales bucólicas–, la lluvia suele ser un fastidio: atascos, algún que otro patinazo o coscorrón... Para la gente del campo, la lluvia representa la vida en toda su extensión. ¿Dónde guarda Gaia el agua que las nubes recogen y luego vuelven a verter sobre nuestro planeta azul? He estado en las cataratas del Niágara, y me maravillaba viendo ese inmenso caudal de agua día y noche, a todas horas el mismo, sin cesar jamás. Lo mismo sucedía en Iguazú –es espectacular visto desde el cielo–. ¿De dónde sale tanta agua? ¿A dónde va? ¿Cómo puede ser que en unas zonas del planeta sobre y en otras no haya ni una sola gota de agua? ¿Acaso el agua es caprichosa y tiene sus preferencias? Por supuesto que sí: adora el verde. Donde hay árboles, hay agua, y viceversa. En España se han quemado muchos bosques, y eso a la larga, es nefasto. Un pueblo que no aprecia los árboles, descuida su futuro. Por cierto, el agua, en psicología, es sinónimo de «emociones». Puede que cuando llueve menos sea porque andemos secos emocionalmente hablando. Quizá el desierto sea una metáfora de «sequedad» emocional, donde las emociones hayan emigrado para dejar paso a la nada. Sin embargo, esté o no relacionado la actitud emocional de los terrícolas con la lluvia, está claro, que hay que guardar para cuando no llueve. Para ello los pantanos son de gran utilidad. Afortunadamente, el «pasado» nos legó unos cuantos, pues el gobierno de Zapatero nos dejó España seca en todos los sentidos.