Vienen a por nosotros

La Razón
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¿Queda algo por decir? Poco, pero cada atentado proporciona a las Fuerzas de Seguridad y a los estudiosos del fenómeno algún dato nuevo, alguna lección práctica que será incorporada a la lucha contra el terrorismo, si bien es mucho más lo que se confirma que lo que se aprende. Aparte de la labor policial de identificación de los asesinos y de sus tramas, nos falta el texto de reivindicación, pieza que puede ser interesante aunque repita una retórica en la que compiten extrema estulticia y abyecto canallismo, pero que puede dar pistas de hacia dónde dirigen sus pasos, de los criterios con los que seleccionan sus objetivos.

De los nudos hechos de los que de momento disponemos, se puede adelantar una conclusión obvia: nada de lobos solitarios, sin entrar en la cuestión de que éstos nunca lo son tanto como se los adjetiva. Casi sin excepción han hecho sus cursillos previos en Paquistán o Yemen, cuando proceden de al Qaeda. Para la afiliación que ahora hace furor, el Estado Islámico, Occidente entero está en vilo pendiente de que empiecen a retornar los que desde nuestras latitudes y con nuestros pasaportes, allí acudieron a graduarse y a hacer sus primeras prácticas. Nuestras policías se desviven por llevar una minuciosa contabilidad y precisa nomenclatura de estos apuntados espontáneos o alistados por celosos reclutadores. Mucho más difícil es seguirles la pista una vez han llegado a su destino sirio. Después de que Rusia escaló su intervención en el desgraciado país, con el apuntalamiento del régimen como absoluta prioridad, Francia osó romper un tabú y anunció que también bombardearía, pero sólo a sus ciudadanos descarriados en la sangrienta marcha hacia el califato. Discriminación bien difícil y nada relevante para los comprometidos en la tarea califal y la sangrienta imposición de la «sharia». Lo de ahora en París puede ser muy bien la respuesta al remitente inicial, sin remilgos en la distinción entre culpables e inocentes. Entre los infieles no hay inocentes y si cae algún fiel, se va directo al paraíso.

Pero con bombardeos o sin ellos, el Estado Islámico, en su vocación expansiva y universal, ya hace tiempo que había proclamado a voz en grito su voluntad de llegar a Europa. No puede ser menos que Al Qaeda y está en sus genes ideológicos. La operación que ahora ha llevado a cabo es compleja, bien coordinada y sin duda con larga preparación. Esto no es obra de aficionados, no se ha fraguado en un par de semanas, viene de más atrás, la atribuyan o no a hechos más recientes. Tienen que mantener viva la llama del terror, pero también necesitan una curva ascendente y emular los hitos más altos. Pero no es ésa la única medida que cuenta. Cuando los atentados contra «Charlie Hebdo», Francia dijo que era su 11-S. Los franceses siempre dándose importancia, pero el impacto, sin llegar al del acto megaterrorista americano, fue un enorme éxito para la causa del terror. Lo de ahora va por el mismo camino y no olvidemos que queda una terrible bomba por explotar y en un sentido muy literal, los rehenes. Su masacre, terrorismo a relentí, elevaría al cuadrado el ya enorme impacto. Las demandas que puedan hacer los secuestradores pueden crear un problema político de proporciones difíciles de imaginar.

El impacto es la intensidad de la emoción. El 20 de octubre provocaron más de 100 muertos en Ankara y recientemente varias docenas en Líbano. No emociona lo que nos toca de cerca. Túnez ya no es nuestro mundo, pero está lo suficientemente próximo como para que hayamos sentido de forma bastante directa el sofocante aliento del terror. Ahora una de las grandes cuestiones es si los cielos de la desértica península del Sinaí están emparentados con París. Si tras el avión de los turistas rusos está la misma garra asesina y ésta es el Estado Islámico que está viniendo a por nosotros en serio. La cuestión no es a qué aspiran, sino si ya tienen todo un programa de actuaciones en marcha.