Y resulta que ha ganado el PP

El prefacio de las elecciones fue una sesión de escalofríos entre los candidatos que anticipaban lo que ahora llaman desastre. A toro pasado, los analistas exprimen los números y degüellan las letras para emprender un viaje interminable al fondo de la mente donde hallar, como en una sesión de psicodrama, el pecado, que si fuera de la carne todavía entrañaría morbo, pero es de pescado podrido. En cuanto a la carne, con los tacones rojos fetiche de Valenciano y el «machismo» de Cañete, Freud haría un tratado. Sobre el pescado, los llamados expertos están aireando las raspas cuando el pez todavía nada en la pecera. Reconozco mi torpeza a la hora de enfrentarme a una estadística, pero, disculpen, me dicen que ha ganado el PP. Después de que las tijeras de Montoro nos haya trasquilado hasta los límites de la decencia en el peor momento de nuestra historia reciente; después de tantas imágenes de desahucios que helarían la sangre de una lagartija; después de acunar a cachorros vociferantes ahora convertidos en cuervos dispuestos a sacar los ojos al socialismo que les dio de comer; a la vez que los ultras conquistaban la Francia a la que quiere unirse Artur Mas, Le Pen gobernadora de la Barcelona antisistema; a la vez que el PSOE prometía destronar a Merkel la bruja mientras los electores le quitaban la escoba con la que quería espantarla; después de que el desprestigio de la política llegara a la vergüenza de los escraches y las amenazas de muerte; después de dejar de contar parados. Sí, es «sorprendente», como dice la agencia Fitch que lleva guadaña como complemento de vestuario, pero así ha sido. En vez de hacer tantas cábalas alguien tendría que explicar por qué.