Yo, Leonor

La Razón
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No me dirán, eh, no me dirán que no damos juego y que no somos una familia maravillosa y que nos les tenemos a vds entretenidos. Que ya se pensaban Vds que íbamos a dar menos juego que los de Bélgica, que hay que ver qué gente más sosa, pero miren por donde les ha tocado una familia real de lo más chisposa. Qué viernes echamos más bueno, por favor. A So y a servidora no nos dejaron ver la tele en todo el día, pero en el cole no se hablaba de otra cosa. Vino el Richard y me dijo: «Vaya campanazo, el tito con pijamica de rayas. Estáis que os salís. No tenéis competencia». Que yo me quedé muerta patata y pensé enseguidica en la tita, la pobre, con esa cara de no enterarse de nada, con ese gesto compungido y enamorado, con ese rictus de a mí que me registren que yo estoy hasta las trancas y a mí me pasaban los billetes por delante pero pensé que eran las arcas del Estado. Mientras todo esto ocurría, Altibajos estaba en un museo con mi padre dando golpes de melena como si no hubiera un mañana. Guas, guas. Encantadora, sonriente, divina, como con pose de haberse soltado la faja. En cuanto volvieron a la casa, vi a mi padre meterse en el despacho y hablar mucho por teléfono. Altibajos entró y salió sin llamar a la puerta porque menuda es ella, já, encima llamando en su propia casa. En una de sus salidas taconeando la pillé por banda. «Madre, tenemos que hablar –le dije–. Venga, ponte que me siente en tus rodillas que por lo visto esto se hace en las familias normales. Madre –le repetí– tú no te preocupes porque tú no vas a tener que ir a la cárcel de visita. Voy a ir yo, que he visto un par de capítulos de la serie española esa que era de presas y a mí me parece que yo puedo ir a mirarle a través de un cristal y a hablarle por los teléfonos esos que hay en las cabinas. Yo me ocuparé de que esté en el economato o en la lavandería y que tenga una tele para vernos de lejos. Y que le permitan llevar jersey de pico anudado al cuello, que es vasco de bien». Resultado de la experiencia: un pellizco en una pierna, y sin escuchar cumbia urbana hasta el siguiente solsticio.