
Letras líquidas
«Dry january»
Podríamos empezar a promover un «enero seco» de polarización que, seamos realistas, no va a funcionar de manera inmediata, pero quizá en unos años se pondría de moda.
Es conocido el afán renovador del mes de enero. Propósitos impolutos, voluntades inauguradas y deseos por estrenar. Al balance de diciembre y su punto de evasión festivo-navideña le sigue el aterrizaje y la conexión con la realidad. Y, desde hace unos años, en esa actualización se incluye el «enero seco»: un reto para pasar el primer mes del año sin beber alcohol, por aquello de desintoxicarse de los excesos, que nació en Reino Unido en 2013 y que se ha popularizado en los últimos tiempos en el resto de Europa y Estados Unidos. De los beneficios para la salud de una vida abstemia poco se puede aportar (y menos desde esta columna): la ciencia ya lo deja bien claro. Pero el concepto de empezar el año con una aspiración y un objetivo concreto por mejorar algún hábito o desterrar otro pernicioso resulta muy interesante: como una oleada colectiva de buenas intenciones. Un «vamos a intentar ser mejores, aunque solo sean treinta días». La cuestión es que, reiniciando el curso político y en vista de que nos despedimos con vicios bien activos de agresividades verbales, divisiones y choques entre instituciones me preguntaba si podríamos apuntarnos a un desafío de abstención de crispación colectiva. Entiéndanme. La tensión es inherente a la vida en sociedad, los pulsos ideológicos a la actividad parlamentaria y las discrepancias forman parte del crecimiento de las civilizaciones, pero los choques y el nivel de exasperación de la conversación pública se han vuelto insoportables. En España y fuera de nuestras fronteras. Los excesos terminan siendo, además de una ordinariez, una amenaza tan cierta de asfixia y deterioro del sistema que corremos el riesgo de estar protagonizando (sin saberlo o quizá sospechándolo) el inicio de una de esas eras que pasarán a la historia por su decadencia. De las que van a peor y de las que deterioran cuando no destruyen el legado recibido. Para evitarlo podríamos empezar a promover un «enero seco» de polarización que, seamos realistas, no va a funcionar de manera inmediata, pero quizá en unos años se pondría de moda.
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