Política

Alianza contra el yihadismo

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París marcó ayer un nuevo hito en la historia al convertirse en el escenario de la primera gran manifestación europea en defensa de la civilización y de las libertades. Más de un millón y medio de franceses en un grito unánime contra el fanatismo, que se vieron arropados por el resto de sus conciudadanos del Viejo Continente, cuna y vivero de la democracia, con la presencia de los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea, entre ellos Mariano Rajoy, pero, también, con otras significativas asistencias del resto del mundo. Israelíes y palestinos, árabes y africanos que sufren en sus propias carnes los peores embates del terrorismo yihadista acudieron representados por sus principales mandatarios, reafirmando que nos hallamos ante una batalla de carácter global. Una batalla frente a un enemigo insensible, que emplea una violencia sin límites y que supone una amenaza inédita para unas sociedades abiertas y que se guían por el respeto a los derechos individuales de sus ciudadanos. El orbe democrático, basado en la exigencia de la Ley, frente a unos asesinos que no tienen reparo en atiborrar de explosivos a tres niñas de diez años y lanzarlas contra dos mercados atestados de familias. Con el agravante de que el fanatismo ha prendido en el seno de Occidente, entre una minoría de jóvenes de las comunidades inmigrantes islámicas, desarraigados, por cuanto rechazan tanto la cultura occidental en la que han crecido como las enseñanzas de sus padres y abuelos. Jóvenes que, en muchos casos, han llegado al islam a través del imaginario adulterado de las redes sociales. Decíamos ayer en estas mismas páginas que la magna manifestación de París –y las que han jalonado el resto de la geografía europea– no debía interpretarse solamente como un gesto de solidaridad y apoyo al pueblo de Francia; como una demostración de que no renunciamos a nuestros derechos ni al modelo de sociedad que nos ha hecho grandes, sino que debía convertirse en el acto de fundación de una gran alianza occidental para la defensa de la libertad y de la democracia. Una alianza llamada a articularse no sólo como una barrera de seguridad frente a la agresión exterior, sino como garante de la tolerancia y los derechos fundamentales por todo el orbe. Pues bien, ayer comenzaron a darse los primeros pasos en la buena dirección con un encuentro extraordinario entre los ministros de Interior de los países de la UE más afectados por la amenaza –entre los que se encontraba el representante español, Jorge Fernández Díaz– y el fiscal general de los Estados Unidos, Eric Holder. A esta primera reunión seguirá otra mucho más amplia convocada por la Casa Blanca para el próximo 18 de febrero, y aun otra más del Consejo de Ministros de Justicia e Interior de la Unión Europea, la que convendría que la presidencia letona fijara fecha lo antes posible, puesto que estamos obligados a abordar de manera urgente, sin dilaciones, un cambio del mismo concepto de seguridad colectiva. Ya hemos señalado que nos enfrentamos a un tipo de amenaza inédita, por cuanto discurre tanto en el escenario físico de nuestros pueblos y ciudades como en el mundo virtual e inabarcable de internet. Las redes actúan como punto de reclutamiento, generador de propaganda, campo de entrenamiento y escalón financiero de esa nebulosa que hemos dado en llamar terrorismo islamista. Es imprescindible arrebatar esa arma a los fanáticos, empezando por el cierre de las páginas que inciten al terror o hagan apología del odio, tarea cuyo éxito depende de la colaboración de los grandes buscadores de internet, que tendrán que ser persuadidos de su obligación de cumplir las leyes internacionales. También ha llegado el momento de llevar a cabo las modificaciones legales sobre el registro y archivo de pasajeros, así como el refuerzo del control fronterizo de personas y mercancías, que no tienen porqué suponer atentado alguno a la libre circulación ni limitaciones a los tratados aduaneros de Bruselas. Aunque hace tiempo que la UE discute sobre la legitimidad de estas medidas, por el riesgo de afectar a la privacidad de las personas, existen soluciones alternativas, como el uso de codificadores, que permiten conciliar los derechos individuales con el imprescindible incremento de la seguridad. Tiene razón el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, cuando advertía ayer, en París, de que ningún país puede luchar solo contra el terrorismo, ni siquiera la Unión Europea en su conjunto. De ahí que, también, creamos que ha llegado el momento de impulsar la acción exterior con medidas directas de apoyo a aquellos gobiernos que, como el de Nigeria, encuentran muchas dificultades para hacer frente a grupos terroristas de la calaña de Boko Haram. Ante un terrorismo transnacional, la respuesta debe ser de la misma índole. Lo contrario es asistir pasivamente a la caída, una a una, de las piezas del dominó. Es perfectamente comprensible que la amplitud y la dificultad de la labor produzcan vértigo a unas sociedades, como las occidentales, que han comprobado que todas las iniciativas militares adoptadas desde los atentados contra Estados Unidos del 11-S de 2001 no han conseguido el objetivo propuesto de garantizar la seguridad y extender la paz y la libertad; que han visto con desaliento cómo se equivocaban quienes auguraban un cambio de modelo en las llamadas «primaveras árabes». Pero no es legítimo desistir. La libertad es una exigencia diaria, de todos.