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Bioterrorismo: posible, pero poco probable

La advertencia hecha ayer por el jefe del Gobierno francés, Manuel Valls, de que nos hallamos amenazados por unos desalmados que no dudarán en recurrir a cualquier arma, incluidas las químicas y las biológicas, debe entenderse en sus justos términos, sin caer en exagerados temores. Ciertamente, se han dado casos de actos terroristas con el uso de esporas de carbunco y de gas sarín en Estados Unidos y Japón, respectivamente, pero con efectos, por fortuna, muy limitados. El uso de estas armas, especialmente de las biológicas, presenta dificultades insalvables para la mayoría de los grupos terroristas por la complejidad de los sistemas de dispersión por aerosoles y por la inestabilidad de la mayoría de los agentes patógenos, a los que les afecta la exposición a la luz solar y al aire. Aunque no se descarta el riesgo de que algunos depósitos con gases procedentes de los arsenales de Al Asad, hayan caído en manos del Estado Islámico, éste no dispone, que se sepa, de los medios de lanzamiento. La amenaza a la que se refiere el primer ministro galo es, pues, posible, pero poco probable. Aún así, desde finales del pasado siglo, la mayoría de los gobiernos occidentales, entre ellos el de España, mantienen reservas de vacunas, antibióticos específicos y antivirales para cualquier contingencia.