CDC se encamina a ser un partido residual

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Dijo que se iba, pero no es verdad. El fracasado ex presidente de la Generalitat catalana, Artur Mas, sigue ahí. Ayer, tras la debacle cosechada por la marca Democràcia i Llibertat en las pasadas elecciones generales del 20-D, Mas se revolvió para pastorear la vuelta de Convergència el próximo 26 de junio. Silencio sobre el hundimiento de la formación el pasado diciembre, cuando obtuvo el peor resultado de la historia. Silencio también sobre el rechazo de sus antiguos socios en Junts pel Sí a la hora de reeditar una alianza. Ante la próxima cita electoral, ERC está en otra cosa. Ya no les necesita. Ahora tantean un frente de izquierda independentista, en el que la CUP y la marca En comú-Podem tendrían un papel clave. El desierto en el que ha quedado Convergència es mérito, total y en exclusiva, de Artur Mas. A él se debe que ERC haya anulado a los catalanistas conservadores tras haberlos lanzado a una carrera política e institucional radical de la mano de sus oponentes tradicionales. Los han exprimido y utilizado para sumar en su desafío al Estado. Ahora ya no los necesitan. Un triste final para una formación que fue clave para la gobernabilidad de España en distintos momentos y con diferentes partidos. El demérito tiene nombre: Artur Mas.