El bálsamo constitucional del 155

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Normalidad institucional. Pero también en las calles. Después de la manifestación del pasado domingo, a modo de colofón, donde cientos de miles de personas salieron a las calles de Barcelona para reivindicar una Cataluña de todos, y no sólo de los independentistas, cierto sosigo parece haber llegado para quedarse. Y todo, gracias al tantas veces vituperado artículo 155 de la Constitución. Después de semanas en que la tensión política y social se superaba cada día, en una escalada sinfín de los partidos independentistas; después de acometer el esperpento de una proclamación de una fantasmagórica república catalana; el Principado, sus ciudadanos y el resto de España parecen haber alcanzado el sosiego y la tranquilidad para abordar todo el rosario de preocupaciones que atenazan a los españoles más allá del desafío soberanista. La acción de Gobierno de la Generalitat se había quedado oscurecida, por no decir anulada, ante el órdago soberanista. Con el llamado «procés» agotado, por las infinitas muestras palmarias en los planos económico, social o internacional, de que la república era una entelequia, ahora toca mirar a la puerta de salida: las elecciones del 21-D. La mejor prueba del acierto en la aplicación de este artículo de la Constitución está en el rápido viraje de los independentistas, prestos ya a participar en los comicios autonómicos. Normalidad.