Publicidad
Publicidad
Actualidad

El PSOE debe tener capacidad de decisión en el socialismo catalán

El voto negativo de los siete diputados del PSC a la investidura de Mariano Rajoy, en contra de la abstención acordada por el Comité Federal del PSOE, ha sido una rotunda escenificación de la crisis entre ambos partidos «hermanos». En los socialistas catalanes existía una necesidad de que este desencuentro se visualizase, no tanto por el conflicto interno que viven ambas formaciones, sino para marcar un perfil «anti-PP» con vistas a tomar posiciones en Cataluña para frenar a sus competidores inmediatos, los de Ada Colau, y homologar su radicalismo. Sin embargo, el paso dado por Miquel Iceta, que ha llevado a socialismo catalán a su nivel de voto más bajo, no podría haberse dado de no mediar la profunda crisis que viven tanto el PSOE como el PSC. Baste recordar que en las elecciones generales de 2005, los socialistas catalanes aportaron 25 diputados –los mismos que en 1982–, que sin duda fueron decisivos para que Rodríguez Zapatero pudiese gobernar con una exigua mayoría de izquierdas. En los comicios de 2015, su representación quedó reducida a ocho escaños y, en la convocatoria del pasado 26 de junio, son siete los diputados, que ahora han escenificado el «no es no», que de poco le sirve a un partido que puede acabar siendo residual en Cataluña. Entre 2008 y 2016 el PSC ha caído 29,3 puntos en votos y no basta decir que es un damnificado más de la crisis del PSOE, pues éste han perdido el 21,3%. Es decir, los socialistas catalanes sufren, además, una crisis propia que tiene que ver con su posición ambigua en determinados momentos del «proceso». La pregunta que debemos hacernos es cómo un partido que había acumulado un absoluto poder territorial en Cataluña se ve ahora abocado a apoyar en Barcelona un Gobierno municipal tan insustancial y populista como el de Colau. Hay varios puntos de inflexión en la historia de esta debacle. El primero de ellos tiene fecha: el 11 de noviembre de 2003 se selló el Pacto del Tinell, por el que Pasqual Maragall sería presidente pese a haber ganado las elecciones Artur Mas –y a perder diez diputados–, con el apoyo de ICV y ERC, el partido de Rufián. Aquel tripartito supuso redoblar la apuesta soberanista, algo que el votante socialista no esperaba después de 23 años de nacionalismo convergente. Desde entonces, la caída del PSC en Cataluña ha ido en aumento, al punto que ha sido superado por Junts pel Sí y Ciudadanos. En las legislativas de 2011 –tras la deriva independentista propiciada por el fallo de junio de 2010 del Constitucional sobre el Estatuto– los socialistas catalanes cayeron hasta 14 diputados, once menos que en 2008. La fundación del Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC-PSOE) el 16 de julio de 1978 acordó un claro reparto del trabajo: la dirección política quedaba en manos del sector catalanista –de estilo radical-burgués– y los votos, la militancia y la agitación, los ponía el histórico «cinturón rojo». El Palau Sant Jordi lo llenaba Felipe González. Esta predominancia quedó claramente plasmada en el protocolo de unidad. En su punto dos, dice: «En virtud de su soberanía, [el PSC] decide la participación en organismos representativos y decisorios comunes con el PSOE». Es decir, son los socialistas catalanes lo que siguen decidiendo cómo debe ser su vínculo con el PSOE. En su punto cuatro añade que el PSC enviará sus delegados al Congreso Federal Socialista, pero que sólo ellos tienen potestad para aplicar las resoluciones. Por contra, el PSOE no tiene representación en los órganos del PSC. La situación ha cambiado y parece del todo ilógico que dicho protocolo se cambie, como algunos dirigentes socialistas han solicitado. La crisis del socialismo también tiene que ver con ser incapaces de llevar una misma política en todo el territorio español.

Publicidad