El suicidio electoral del PDeCAT

De celebrarse hoy elecciones autonómicas en Cataluña, el PDeCAT, partido heredero de la extinta Convergència, sufriría un descalabro mayor, retrocediendo en intención de voto desde el 38,43 por ciento de los sufragios obtenido en los comicios de 2010 hasta el 13,9 por ciento que le otorga el sondeo de «NC Report», que publica LA RAZÓN. Aunque las perspectivas del partido que todavía preside Artur Mas mejoran ligeramente con respecto a encuestas anteriores, lo cierto en que el buque insignia del nacionalismo catalán no sólo ha perdido la hegemonía política, sino que ha dejado a buena parte de sus antiguos votantes sin referencias ideológicas reconocibles. Por el contrario, sus actuales socios republicanos en Junts Pel Sí, la coalición que actualmente gobierna la Generalitat, capitalizarían el proceso independentista, convirtiéndose en la primera fuerza en Cataluña con el 23,9 por ciento de los votos, y 40 escaños. El partido que lidera Oriol Junqueras se beneficia además de la pérdida de apoyos de las CUP, que, según el sondeo, retrocederían hasta el 6,5 por ciento de los votos y obtendrían 3 escaños menos, si bien la mayoría del trasvase de los sufragios de los radicales irían a parar a la coalición de izquierdas de CSQP, que se vería beneficiada con un incremento de 5 escaños. La encuesta otorga, también, una ligera subida al PP, con el 9,5 por ciento de apoyos y 12 escaños, y al PSC, que ganaría un escaño más. Finalmente, Ciudadanos perdería un diputado en la Cámara catalana, aunque seguiría siendo el segundo partido más votado, con el 17,5 por ciento de los sufragios y 24 escaños. Pero si el viaje emprendido hacia ninguna parte por Artur Mas, inhabilitado por la Justicia para desempeñar cargos públicos, ha supuesto el suicidio electoral de los antiguos convergentes, con la deserción añadida de más del 50 por ciento de su militancia, el propio proceso separatista comienza a dar muestras de agotamiento. A tenor de los resultados de la encuesta, las tres formaciones catalanas netamente soberanistas se quedarían con 66 escaños en el futuro Parlament, frente a los 72 que tienen en el actual. El efecto negativo de la inusitada presión de los partidarios de la secesión sobre el conjunto de la sociedad catalana también se refleja en las previsiones de participación de unas hipotéticas elecciones autonómicas: casi un tercio de los convocados se abstendría, lo que supone cinco puntos más que en los comicios de 2015. De cualquier forma, la situación política catalana es demasiado fluida y puede evolucionar en distintas direcciones. En primer lugar, porque el fracaso del pretendido referéndum separatista, con las inevitables consecuencias jurídicas institucionales y personales, no puede ser calibrado todavía en una encuesta electoral y, en segundo lugar, porque no está clara la alineación de fuerzas que presentará la izquierda no independentista. La única certeza es el hundimiento de la vieja Convergència, que carece a día de hoy de un candidato a la presidencia de la Generalitat, lo que podría dar lugar, incluso, a una ruptura interna. Es el coste de haber llevado al nacionalismo moderado catalán a posiciones que no le eran propias, forzando una alianza con ERC que sólo podía beneficiar a los republicanos y, lo que es peor, entregando la gobernabilidad de Cataluña y los intereses generales de los ciudadanos al proyecto rupturista de un grupo antisistema de extrema izquierda, que propugna un modelo social y político más allá del castrismo. Un error histórico que tiene un claro responsable, aunque no único, en Artur Mas, a quien el vértigo de la crisis económica mundial le fugó de la realidad.