Europa unida contra el terror

La Razón
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Una vez más, el terrorismo islamista ha golpeado en el corazón de una capital europea. Tanto por el lugar elegido, símbolo del multisecular parlamentarismo británico, como por el tipo de víctimas buscadas, indefensos turistas que paseaban por los alrededores del caserón de Westminster, y por el método elegido, un vehículo todo terreno lanzado a gran velocidad contra los transeúntes, como en Niza y en Berlín, nos remite a la firma del llamado Estado Islámico, impulsor de la oleada de atentados que sufren las democracias occidentales. En esta ocasión, al primer ataque siguió el intento del conductor de penetrar en el recinto del Parlamento, que celebraba su debate semanal con la presencia de la primera ministra, Theresa May, y que fue abortado por los policías de servicio, aunque a costa de la vida de uno de ellos, apuñalado. Las últimas informaciones confirmadas por Scotland Yard daban cuenta de otras tres personas muertas, incluido el asesino, y de otras veinte heridas. Una vez más, las múltiples reacciones de condena y de solidaridad con las víctimas y con el Gobierno del Reino Unido, especialmente las procedentes de la Unión Europea, han hecho hincapié en la voluntad de resistir a la amenaza islamista y el convencimiento de que la mejor manera de derrotar a los asesinos es la defensa de las libertades y de la democracia, la defensa de nuestro modo de vida en suma, por encima de quienes apelan a una política de seguridad más restrictiva, que, entre otras medidas, recupere el control de las fronteras interiores o, incluso, discrimine la inmigración por su origen. El propio coordinador de la lucha antiterrorista de la UE, Guilles de Kerchove, señalaba ayer que las dos asignaturas pendientes en la batalla contra el islamismo eran «internet y las fronteras», en la misma línea de los movimientos euroescépticos que exigen anular el derecho de libre circulación de personas y mercancías que consagra la Carta europea. Pero si bajo la conmoción de la tragedia este tipo de soluciones drásticas parecen las más eficaces, lo cierto es que la misma naturaleza del terrorismo islamista, surgido de entre las propias comunidades musulmanas asentadas en Europa y llevado a cabo por individuos solitarios con escasa o ninguna infraestructura, las rinden prácticamente inútiles. Si bien hay que asumir que la seguridad total es imposible frente a este tipo de terrorismo y que ningún país puede considerarse inmune al mismo, lo cierto es que la mejor política es la que está llevando a cabo España, que gracias a la impagable dedicación y profesionalidad de sus Fuerzas de Seguridad, sostiene una labor preventiva de información sobre aquellos núcleos de población más susceptibles de entrar en procesos de radicalización, pero que asimismo ha establecido estrechos lazos de colaboración con las policías y servicios de información de otros países musulmanes, como Marruecos o Túnez, que sufren en mayor medida la amenaza. Porque la gran asignatura pendiente de la Unión Europea sigue siendo las deficiencias en la colaboración de sus Fuerzas de Seguridad, incapaces de integrar sus archivos o, al menos, de compartir en tiempo real la información obtenida. El atentado de ayer, cometido, si se confirman las primeras informaciones, por un extremista musulmán que era ciudadano del Reino Unido, demuestra que el aislamiento y las fronteras no son la solución. Pese al Brexit, Londres debería intentar mantener y, en su caso, estrechar los lazos con sus antiguos socios en materia de seguridad. Es mucho lo que nos va en ello a todos.