Juegos de poder en la Unión Europea

La Razón
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Las espadas están en alto. O mejor dicho, tratándose de la Unión Europea, las luchas de poder e influencia política. Los líderes de la UE se reúnen en Bruselas para tratar de decidir quién ocupará la presidencia de la Comisión y las principales instituciones atendiendo a factores políticos, geográficos y de género. Ahí es nada. Equilibrar todos los grupos de poder de la Unión. Desde el conservador a los socialistas, pasando por los liberales, y los diferentes grupos a extrema derecha y extrema izquierda que conviven en la Eurocámara. En un escenario tan cambiante como el de la política comunitaria, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, apuntó ayer al resto de líderes una propuesta de reparto que, a su juicio, parte con mayores apoyos entre los Veintiocho para salir adelante y que sitúa al candidato de los socialdemócratas, el holandés Frans Timmermans, al frente de la Comisión Europea, relegando al aspirante del Partido Popular Europeo (PPE), el alemán Manfred Weber, al Parlamento y reservando el mando del Consejo para un representante liberal. A más de uno le faltó tiempo para evidenciar que las «familias» políticas están en franca desavenencia: el primer ministro húngaro, Viktor Orban, advirtió que sería un «error histórico y humillante» permitir que el socialista Timmermans presida la Comisión –el ganador de las elecciones europeas fue el PPE–. El sábado se vivieron movimientos de última hora a miles de kilómetro se distancia: en Osaka, Japón, en la cumbre del G20. Allí los europeos negociaron contrarreloj para no llegar con las manos vacías a la reunión de ayer domingo en Bruselas. Y no es para menos. Estamos ante un escenario incierto. Ni Francia ni Alemania, ni Angela Merkel ni Emmanuel Macron, ni los socialdemócratas ni los candidatos populares están en condiciones de imponer sus nombres. Algo que hasta hace poco era lo habitual. Entre otras cosas porque el actual presidente de Francia ni siquiera forma parte de las dos grandes familias europeas que han dominado la escena política en los últimos tiempos. Y todo mientras el sí socialista Pedro Sánchez se deja querer por el presidente francés. Algo que no ha gustado a los líderes socialdemócratas europeos. Europa afronta un desafío clave para su futuro. Y no nos es ajeno ni lejano. En ella reside la cabeza del león de nuestra estabilidad presupuestaria, de nuestro progreso económico y social, pues la que comenzó siendo una comunidad económica se ha convertido en una entidad salvaguarda de libertades y derechos –además de obligaciones–. Aquí se aplica el 80 por ciento de una legislación clave en armonizar el crecimiento con el resto de países de nuestro entorno, y ella, la UE, no cesa de alumbrar escenarios provechosos, como el reciente acuerdo con Mercosur que nos ha abierto un mercado enorme en gigantes como Argentina o Brasil. Los desafíos de futuro, como una estrategia de Defensa común, en los tiempos en que Estados Unidos suelta lastre y busca desentenderse de sus obligaciones de años, debería hacernos recapacitar sobre la importancia de trabajar en común y tender puentes entre las distintas sensibilidades. España, de la mano de Pedro Sánchez, con un posible Gobierno abierto en canal y sin apoyos en el Congreso, tantea también pescar una vicepresidencia de la Comisión que podrían ocupar tanto Josep Borrell, si se trata de una cartera política, como Nadia Calviño si el cargo pertenece a la parcela económica. Los envites están abiertos en un tablero de poder cambiante.