La hora del voto responsable

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Con las elecciones de hoy, son doce las ocasiones en las que los españoles han sido convocados para elegir a los representantes en las Cortes y el Senado. En todos los casos, la jornada ha transcurrido con la monotonía de las sociedades democráticas, sin incidentes reseñables. Como un día de fiesta. Los resultados siempre se han hecho públicos a la hora prevista, los líderes de los grandes partidos han reconocido la victoria del ganador y los traspasos de poderes se han realizado ejemplarmente. La participación en los comicios de 2011 fue de 71,69%, lo que supone estar al nivel de los países europeos que representan las primeras economías, incluso superior como queda recogido en las últimas legislativas de Alemania (71,5%), Gran Bretaña (66,1%), Francia (55,4%) e Italia (75,2%). Por lo tanto, el supuesto desapego de la sociedad española por la política, por lo menos en los términos de no aceptar la democracia parlamentaria, no se corresponde con la realidad. Interpretar la abstención no es fácil, ni nadie puede atribuirse a ese votante que ha preferido quedarse en casa. La clave está en saber cuándo la abstención «pasiva» se convierte en «activa», algo que hoy tampoco veremos. La figura demoscópica del «indeciso» es, como su propio nombre indica, alguien que duda, aunque confiese que acudirá a las urnas, o sencillamente responde a la casilla «no sabe» sobre a quién votará, y que en las elecciones de hoy es superior, posiblemente producto del aumento de la oferta. La abstención no perjudica tanto al conjunto de los partidos como a las fuerzas más votadas, como sucedió en 2011, cuando el voto socialista perdió cuatro millones. Los estudios indican que la abstención en España no tiene que ver con un castigo al sistema, sino con un desencanto con el partido al que se suele votar, y que sube cuando el elector considera que su voto no es clave para provocar un cambio o para revalidar la acción del Gobierno. En la política española, la máxima participación siempre se ha producido cuando hay un cambio de ciclo: el 79,97% con la llegada, en 1982, del PSOE al Gobierno y el 77,38%, cuando, en 1966, el PP gana las generales. En estas elecciones, 36,5 millones de españoles han sido convocados a las urnas, lo que supone 731.000 más que en las anteriores. En lo esencial, el sistema democrático funciona y las reglas del juego se respetan, como así exige la sociedad española, cada vez más formada y madura, y que nunca aceptaría que se incumplan las normas. La violencia ha sido erradicada de los modos políticos y aquellos cuya intolerancia contra los adversarios sobrepasa la frontera de los consensos básicos deben ser castigados por un electorado responsable. Porque ésa es la cuestión que se plantea en una sociedad avanzada: cuál es la responsabilidad del ciudadano a la hora de emitir su voto. Es justo y necesario que se exija a los políticos la obligación de rendir cuentas ante sus votantes y el conjunto de la sociedad, además de ser tratados como adultos, pero no lo es menos que el ciudadano actúe con sensatez y celo, votando con cerebro o corazón, o con las dos cosas a la vez, pero con el convencimiento de que es lo mejor para España. Los ciudadanos no deben permanecer ajenos a los grandes males de nuestro país, como ocurre en cualquier otra nación de nuestro entorno, por lo que es exigible también que elijan al mejor de los gobiernos para resolver los problemas a los que nos enfrentamos. Fuera del juego democrático, sólo queda espacio para la antipolítica, es decir, la utilización inmoral del sistema para corroerlo. Las elecciones de hoy nada tienen de extraordinario: sólo que, como siempre, está en juego nuestro futuro más inmediato.