La investidura de Sánchez está en manos de los separatistas

La reunión tripartita de ayer, por su evidente improvisación, sólo puede formar parte del juego de apariencias al que el candidato socialista, Pedro Sánchez, viene sometiendo a la sociedad española desde su fallido intento de investidura en el ya lejano 4 de marzo. Incluso la reconocida habilidad táctica del líder de Podemos, Pablo Iglesias, para imponer sus tiempos mediáticos comienza a perder eficacia ante el hecho incontestable de que la actual composición del Parlamento sólo admite dos salidas posibles: repetición de elecciones o un Gobierno de coalición entre el PSOE y Podemos, necesariamente respaldado por los nacionalistas. Porque la mejor opción a nuestro juicio, el gran acuerdo de Estado entre las tres principales fuerzas constitucionalistas –que daría la estabilidad que España necesita para completar su recuperación y permitiría abordar desde el más amplio consenso las grandes reformas institucionales que se precisan–, ha sufrido desde el principio el rechazo sectario del secretario general socialista, ciertamente respaldado por el Comité Federal de su partido. Pero esa exclusión dogmática del centro derecha de cualquier posibilidad de acuerdo es, sin duda, uno de los mayores errores políticos cometidos por la socialdemocracia española en los últimos tiempos y es lo que está permitiendo a la izquierda radical mantener su línea de bloqueo a Ciudadanos, en lo que se revela como una clásica operación de desgaste hacia el candidato socialista, que debería dar fruto a medida que se acentúe la presión del calendario y Pedro Sánchez se vea en la tesitura de tener que afrontar una nueva campaña electoral en la que todas las encuestas auguran un descalabro aún mayor que el que sufrió el PSOE el pasado 20 de diciembre. Si bien se argumenta en algunos sectores socialistas que tampoco a Podemos le conviene una «segunda vuelta electoral» sobrevenida, no conviene descartar las expectativas que se abrirían para la izquierda populista si consiguieran ajustar una candidatura conjunta con Izquierda Unida. Con lo que llegados a este punto, que no admite más que cansinas variaciones sobre el mismo tema, Pedro Sánchez debería decir la verdad a los españoles y reconocer que la única opción plausible que tiene de llegar a La Moncloa es pactando su investidura con los partidos separatistas. Que Pablo Iglesias, que conoce perfectamente la base constitucionalista –conceptual e ideológica– de Ciudadanos con respecto a la soberanía nacional, haya mantenido en su «oferta de acuerdo» de ayer la reivindicación nacionalista del derecho a decidir –no importa bajo qué formulación– no puede tener otra lectura que la de cegar la vía abierta entre el partido de Albert Rivera y los socialistas. Probablemente, en las próximas semanas seremos testigos de nuevas reuniones condenadas de antemano al fracaso, sin otro objetivo para sus participantes que sacudirse cualquier responsabilidad ante una probable repetición de elecciones. No parece, sin embargo, que los españoles se dejen sorprender con simples fuegos de artificio. La mayoría de los electores no sólo está al cabo de la calle de cuál es el envite y qué se juega cada uno de los protagonistas, sino que empieza a cansarse de esta pantomima negociadora. O se abre el juego a otros protagonistas, deseablemente al ganador de las elecciones, o Pedro Sánchez está obligado a mostrar de una vez sus cartas.